domingo, 7 de agosto de 2016

Diario del hombre menguante: el baile final


Sí, me dirijo al baile que sé que está ocurriendo en alguna parte de este laberinto, lo puedo oir. No es que se molesten precisamente en disimularlo e impedir molestias a los vecinos. Sí, ya me reconozco como vecino: Mr. Scott Carey, laberinto del Hotel Overlook, algún pasillo indeterminado a la derecha, Colorado, USA. Y es que estos invitados tienen muy poco respeto por el descanso de los demás. Conforme me acerco, guiado únicamente por el sonido oscilante que me llega como las olas de una marea extratemporal, el estruendo de las risas, las copas y la orquesta va en aumento.

Un momento. Alguien más está por aquí. No me refiero a alguien que lleva muerto un siglo, sino a una persona o personas que han dejado sus huellas en la grava. Como comprenderéis, uno ya detecta, como un lobo, cualquier atisbo de presencia (real o no) en el suelo de lo que ha acabado siendo mi paisaje cotidiano. Me he hecho un experto en detectar cualquier minúsculo cambio en este hogar que me envuelve. Estas huellas parecen de varias personas. Unas son muy pequeñas, probablemente de un niño. Otras son más grandes, se diría que el individuo cojea por la diferente profundidad entre la derecha y la izquierda. Además veo manchas de sangre junto a ellas... También hay otras medianas, también apresuradas... probablemente una mujer por el tamaño... creo que siguen todas un mismo sendero, el marcado por las pisadas del crío...

El rastro de sangre se hace más intenso. Voy al origen de estas huellas, quizá alguien necesite ayuda. Dios mío, no puedo decir que hoy esté siendo una noche tranquila! Algo veo bajo la luz de un farol (¿desde cuando hay faroles aquí?).. Oh no, frente a mí se halla el origen de toda esa sangre que recorre el laberinto, el cadáver de un personaje que no había visto hasta ahora. Me acerco, pero sólo lo suficiente para comprobar que es de raza negra y que ya no le queda un soplo de vida. Voy a buscar al responsable, un asesino que tiene a su merced a un niño y, probablemente, a una mujer.

Allá voy... parece que me voy acercando, el rastro sanguiñolento es evidente. Ahí está, me escondo para que no me vea.. no se ve bien, pero parece que lleva algo en las manos.. sí, ya lo distingo, ¡es un hacha! Este individuo parece muy muy peligroso. Ahora le veo mejor, su cara enloquecida, su mirada fija y su aspecto de sabueso en busca de una presa malherida. Me escondo aterrorizado. Un momento! veo a alguien correr... ¡es el niño! Pasa corriendo sin verme, concentrado en huir de algo que le persigue... ¿el hombre del hacha?

Esperad, ahora aparece la mujer, lleva un gran cuchillo en las manos, se diría que se va a enfrentar al perseguidor... es muy valiente, pero no puede evitar un violento temblor que la sacude. Con determinación, se pone en el camino entre el niño y el hombre del hacha.

Me va a dar un infarto. Y la música no deja de sonar, lo que hace que la escena que estoy presenciando parezca menos real aún que mis vecinos fantasmas, que ya es decir. El niño sigue en su alocada carrera, decido seguirle.


viernes, 29 de julio de 2016

Diario del hombre menguante: mis vecinos del laberinto

He encontrado una salida. Sí, por fin he descubierto cómo salir de este intrincado laberinto. He sido un poco torpe, no sé cómo no me he dado cuenta antes... la salida no es espacial, sino temporal... pero me estoy adelantando, primero he de contaros cómo he llegado a esta conclusión.

Como os contaba en mi anterior comentario, este laberinto está poblado de fantasmas. Al principio te sorprende sólo la presencia de alguien en un jardín cerrado, sin salida, alguien que no ha dejado huellas, que no hace ruido ni siquiera al pisar esa grava del suelo que delata mis propios pasos. Pero luego, lo segundo que te sorprende, y te altera definitivamente, es la revelación de que ese alguien no existe. Existió, sí, pero lo que ves delante de ti no es real. Pero está ahí.

Lo tercero que te sorprende, y esto viene mucho después, es que te acostumbras a ellos. Les acabas echando en falta si no aparecen. Es más, ahora les tengo cariño, ya son mis compañeros de piso, por así decirlo. Su sola presencia, que antes me angustiaba, ahora me reconforta. Y es que así es el ser humano, uno puede encariñarse con su peor pesadilla.

Os voy a contar a quiénes me he encontrado por estos pasillos sin horizonte que se han vuelto mi hogar. En primar lugar, cómo no, las gemelas. Son hijas de Delbert Grady. Según me han contado, su padre era camarero en el hotel Overlook. Me parece que, por lo que pude saber cuando me acabé encontrando con él, era un personaje muy importante. De hecho era el portavoz del hotel. Y cuando digo hotel no me refiero sólo a un edificio o a un equipo directivo. Otra vez me adelanto, os lo cuento luego.

Las pobres gemelas no acabaron muy bien en vida, pero una vez muertas parece que se sienten bien. Se quieren mucho y andan siempre juntas cogidas de la mano. Componen una estampa muy familiar y entrañable ya para mí, las echaría mucho de menos si no se me apareciesen.

También está Lloyd. Es el barman más atento que uno pueda imaginarse. Discreto, elegante, con su chaqueta roja impoluta. Es ese amigo que siempre te escucha, que siempre parece comprenderte, que siempre tiene una palabra amable pero que nunca traspasa el umbral de la confianza para intentar influir en tus decisiones.

Luego hay una joven guapísima que, me da cierto apuro contarlo, anda por el laberinto totalmente desnuda. Es sensual y sus movimientos son lentos, estudiados, como si estuviera en una pasarela de alta costura. La primera vez me impactó tanto que me quedé hipnotizado mirando su cuerpo, su sonrisa, su sensualidad. No pude evitar acercarme, no era dueño de mis movimientos y ¡estaba tan necesitado de cariño!. Me aproximé con una suerte de afecto empapado en deseo. Ella seguía avanzando hacía mí, espectacular. Me rodeó con sus brazos mientras yo me quedaba inmóvil, incapaz de responder a su gesto. Cuando sus labios tocaron los míos, pareció como si activasen un interruptor que desató inmediatamente mi deseo más animal. Pero cuando abrí los ojos y la miré mejor... ¡descubrí una vieja de cuerpo putrefacto que empezó a reír a carcajadas! Todavía retumban en mi cabeza. Aún no me explico qué ocurrió, pero ahora comprendo que no todos los espíritus son tan amables como las cariñosas gemelas, y que pueden tener un sentido del humor muy, muy negro. A veces me la encuentro, tomándose un baño tranquilamente, pero yo la evito sigilosamente.

A través del laberinto, suena una música como de los años veinte. No siempre se oye con nitidez, depende del viento creo yo. Quizá la transporta el tiempo según los años vienen y van en nuestro recuerdo... no sé. Pero es evidente que alguien se lo está pasando en grande por alguna parte. También me he encontrado invitados a esa fiesta por doquier. Como la pareja del caballero y el cerdo. No, no es que un caballero se interesase emocionalmente por el animal de granja, es que otro caballero se había disfrazado de cerdo rosado y complaciente. A estos les pillé en una postura muy poco edificante, inconcebible en mi época, pero se ve que los veinte fueron años de bastante descontrol. También vi a una pareja besándose apasionadamente, no quise interrumpir.

Incluso un día me topé con un amable caballero, con la cabeza hendida por un hachazo, que me ofreció sonriente una copa de champagne. Me emocionó que tuviera ese detalle en mitad de tan desagradable incidente.

Existe un camarero, Grady, que sabe mucho más de lo que aparenta. Me lo encuentro a cada rato. Parece hablar en nombre de alguien poderoso, pues su corrección y estilo inalterable se torna levemente impositivo en ocasiones, como si en lugar de opiniones estuviera transmitiendo órdenes. Sin perder la sonrisa, habla de "alguien" interesado en que yo haga tal o tal cosa. Yo me hago el loco, porque no le entiendo muy bien, he de confesarlo. Para no contrariarle (miedo me da) le digo que sí a todo, que lo estudiaré detenidamente. De momento parece que funciona, pero no es un personaje con el que me guste encontrarme, como con el ambilísimo Lloyd. De sus hijas gemelas, ni una palabra, aunque me muero de curiosidad por preguntarle cómo es que a veces las veo hechas pedacitos, tan simpáticas que son.

La música sigue sonando, las risas, las conversaciones, el chocar de cristales, siempre al otro lado del seto. Parece que hay mucha luz por allí. Voy a intentar acercarme al centro del laberinto, seguro que Grady me lo indica amablemente..

viernes, 15 de julio de 2016

La little people de Murakami

La crisálida de aire.
Imagen del fan blog de Murakami.
Hoy os voy a hablar de una gente muy especial: La little people. Aparecen mágicamente en la novela de Haruki Murakami 1Q84. O lo que es lo mismo (porque suena igual en japonés), 1984. El título recuerda directamente a la obra homónima de George Orwell, otro mundo de pesadilla ambientado en lo que, cuando se escribió, era un futuro distante.

En la novela de Murakami, en lugar de Gran Hermano hay unos  seres diminutos conocidos como la little people que no tienen nada de amistosos… más bien son inquietantes, por no decir terroríficos. Su puesta en escena ya promete: salen de la boca de una cabra. Estos personajes, como tantos otros del escritor japonés, son los visitantes de una doble realidad, una gente que va y viene entre los mundos con bastante insistencia y desparpajo.

La little people.
Imagen del fan blog
de Murakami.
Se mencionan siempre así en la novela, la little people, con el "la" delante como si debiéramos conocerles de toda la vida, con una confianza que causa desde le principio cierto recelo… porque parece que lo pequeño debe ser siempre entrañable, digno de protección o juego. Pero, ¿y si lo diminuto te lleva al desconcierto total e incluso a la muerte?

En las novelas de Murakami siempre hay gatos, siempre hay sueños, siempre hay personajes misteriosos que nos desconciertan, siempre hay tramas cuidadosamente planificadas entre la realidad y la fantasía más onírica posible. Desde mi punto de vista, lo que hace sus novelas más atractivas es esa convivencia de mundos resuelta gracias a su minuciosidad; cuando nos habla tan exhaustivamente de cómo se prepara un té o lo que encuentra en la nevera para comer, cómo lo prepara, qué bebe… en realidad está creándonos un colchón en el que descansamos tranquilos, porque suena muy real y cotidiano, un espacio en el que todos nos acomodamos rápidamente… para sobresaltarnos cuatro párrafos más adelante con la irrupción de otros mundos y personajes a los que no podemos dar crédito.. pero ya estamos atrapados, es demasiado tarde.

La little people, aunque no se llegan a definir con precisión, pues basta su mención para ponernos nerviositos, parecen ser espíritus del bosque. El bosque donde habita una secta, más exactamente… En España, los únicos espíritus del bosque parecen ser los fantasmas de los desaparecidos, pero en Japón es otra cosa. Además de espíritus de personas fallecidas, cómo no, existen mil y una deidades de la naturaleza, como creen los seguidores de la religión sintoísta. La little people podrían ser estos espíritus, por ejemplo los llamados Kodamas, pero en versión tenebrosa. (De Kodamas ya hemos hablado en otros post, sobre todo de los maravillosos personajes de Hayao Miyazaki).

Las dos desconcertantes lunas
En la novela, estos espíritus tejen una crisálida de aire como haría un insecto para alumbrar un nuevo ser. Y esta "gente pequeña", en realidad controla el destino de la humanidad y no les gusta que nadie ande alterando sus planes, o sea que cuidadito con ellos… ojo con que esta gente haga una crisálida del aire delante tuya, porque dentro de ella lo que hay es… un doble de tí mismo! Como le pasa a la protagonista de la novela, Aomame. Y si encima un día descubres que hay dos lunas en el cielo… bienvenido, has caído en el mundo de Murakami sin redención posible.
Obra de Takeshi Murakami

Nadie como el escritor japonés para crear atmósferas desasosegantes contadas hasta el más mínimo (diminuto?) detalle. La little people, de la que no conocemos imágenes, se pasea por la novela con una capacidad para causarnos inquietud con su sola mención que ya quisieran otras criaturas de la literatura fantástica para sí, por muy amenazadoras que se pretendan.

Ojo: no confundir a Haruki Murakami con otro artista también japonés, Takashi Murakami, por más que éste tenga cuadros que parecen directamente inspirados en la little people...

jueves, 2 de junio de 2016

Diario del hombre menguante: Baile de fantasmas

Hola amigos y amigas. He de deciros que estoy muy intranquilo. Como ya os comenté, por alguna razón desconocida (imagino que inherente a mis circunstancias radiactivas) resulta que viajo por el tiempo y el espacio con desconcertante facilidad. Un día me duermo en la Ciudad Prohibida en China y otro me despierto en un laberinto de Colorado, USA. En fin, tendré que empezar a aceptarlo. El único problema es que sigo siendo diminuto, aunque parece que he dejado de menguar. Sí, el increíble hombre menguante va resultando ser un poco menos increíble...

Como os decía, desperté acurrucado sobre la fría grava que forma el suelo de un laberinto. De que era un laberinto me di cuenta rápido; es fácil, consiste en no encontrar nunca una salida y en que todos los espacios se parecen a los que acabas de dejar. Es como entrar una y otra vez en la misma habitación. Creedme, acaba uno volviéndose loco.

Así que decidí descansar un poco sobre un banco de piedra del único espacio que parecía identificable y que debía ser el centro mismo de este espacio de pesadilla. Había unos ocho bancos, todos iguales, y desde allí el recinto se abría a múltiples caminos que ya sabemos que tienen pocas diferencias entre sí. No encontré ninguna referencia que seguir, pues los pasillos son estrechos y los muros vegetales demasiado altos para ver nada del horizonte perdido.

Tras pararme a pensar un poco, me di cuenta de que mi única posibilidad, por remota que fuese, era vagabundear por el laberinto hasta encontrar una salida; podía llevarme dias o semanas, en cuyo caso podría terminar definitivamente mis días de vagabundeo entre esa floresta cuadriculada. Así que me puse en marcha, armado únicamente con mi desesperación.

Y ahora llega lo bueno: no estoy solo aquí.

Tras horas y horas dando vueltas y más vueltas para llegar al mismo sitio (u otro idéntico, para el caso es lo mismo), repentinamente me encontré con algo extraño en uno de las estrechos corredores. Fijé la vista, pues era ya un poco tarde y la luz comenzaba a disminuir. Había algo al final del corredor. Me acerqué con cautela, parecían dos sombras y.. sí, no cabía duda, eran dos niñas cogidas de la mano. No creo que estuviesen asustadas, pero algo las había detenido allí, y parecían estar esperando algo. Eran gemelas, y llevaban idénticos vestidos azules, un poco anticuados para mi gusto. Tenían algo que hizo que la intranquilidad creciese en mí en cuestión de segundos, y me detuve en seco. Súbitamente hablaron.. ven a jugar con nosotras, dijeron. Y antes de comprender cabalmente el absurdo de la petición, en su lugar aparecieron, por una fracción de segundo, sus cuerpos desmembrados en un gran charco de sangre. Fue tan espeluznante, que salí huyendo con el corazón en la boca, buscando una salida y aterrorizado por verlas de nuevo a la vuelta de cualquier esquina.

Escribo ahora un poco más tranquilo desde el rincón del laberinto donde me refugio pero todavía tengo la piel de gallina, esas niñas no se van de mi cabeza. ¿Habrá otras presencias en este laberinto que, empiezo a comprender, no es de este mundo?

viernes, 20 de mayo de 2016

Un pequeño venado indefenso

Cartel de la muestra con la obra de Montserrat Pérez
Hoy os hablaré de una exposición que os aconsejo ver con el cariño y atención que merece. Reunidas bajo el nombre genérico de El venadito, Montserrat Pérez (comisaria de la muestra y artista participante) ha reunido obras de muy pequeño formato relacionadas con el tema del maltrato animal. La muestra se exhibe en Factoría de Arte y Desarrollo (Valverde, 23, Madrid) y se inserta dentro del festival off de Capital Animal. Podrá verse hasta el 10 de junio.

Como os digo, son obras pequeñas de tamaño,  (por lo que les he hecho un hueco en mis Diminutopías) pero grandes de corazón. Podemos ver, con sutileza y tacto normalmente, pero a veces de manera más explícita, retratos y escenas de animales para los que la relación con el ser humano (con el animal humano, en realidad) ha sido traumática. Desde un cetáceo saltando a través de un aro hecho de alambre de espinas, en alusión a los espectáculos realizados en los delfinarios, hasta las desoladoras imágenes de animales salvajes aparcados en oscuros sótanos y callejones, la mirada de los artistas recorre un paisaje de crueldad, que tan a menudo ignoramos aunque esté a nuestro lado y convivamos con él.

Obra de Pàtric Marín

Sin título. Manuel Martínez
La obra que presta su imagen a la exposición es de Montserrat Pérez y me contaba el porqué de su inclusión. Como a tantas personas sensibles nos ha pasado en circunstancias parecidas, la contemplación hace unos años de la cabeza cortada y disecada de un ciervo, un siniestro objeto supuestamente decorativo en el ambiente familiar, provocó en ella el desconcierto, la angustia y finalmente el rechazo visceral. Ahora, afortunadamente, el despojo del pobre animal no se halla a la vista, pero la huella que dejó en la artista sigue ahí, y la ha reinterpretado añadiendo sutiles elementos textiles que reavivan el inconcebible dolor sin sentido causado en el animal y en la sensibilidad de la artista.

Hay un poema de René Char que me acompaña siempre, de su libro "Aromas cazadores":

"Un ciervo cazado ya no es un ciervo; es un animal muerto".

Asesinos en serie. Adriana Quirós
Pienso que acompañaría muy bien a esta exposición. Imposible expresar mejor la desolación ante un cadáver que con vida era radiante belleza y que, tras su despiadado asesinato, se convierte en un mero despojo que sólo expresa la crueldad y la ignorancia humanas.

Frente a un mundo del arte en el que los animales son con mucha frecuencia meros objetos estéticos, las obras de El venadito (y las de Capital Animal) reivindican la mirada que nunca debe perder el artista, aquella que le ha hecho ser testigo de su tiempo; en este caso, la visión empática hacia unas vidas destrozadas por nuestro mercantilismo, nuestra alimentación sin conciencia o nuestras ansias de espectáculo. Creo firmemente que la visión del artista debe ser siempre reflexiva sobre el entorno y que el arte nos puede ayudar a ser mejores y a denunciar aspectos de la sociedad que deben cambiar urgentemente, como el injustificable maltrato animal.

Lobo. Bianca Yespica
Particular sentido cobran las piezas que muestran dibujos con una ejecución de reminiscencias infantiles. Imposible no recordar a este propósito las terribles imágenes de aquel torero sin escrúpulos mostrando a su hijo de meses la crueldad y la sangre sobre una inocente vaquilla; también todas aquellas ocasiones en las que los niños son acostumbrados al maltrato animal sin la más mínima visión crítica al respecto, celebrando inocentemente con sus almas sencillas lo que supone un auténtico martirio para los animales: circos, zoos, espectáculos acuáticos... espacios donde el maltrato animal pasa por normal e inocuo.

El venado herido. Frida Kahlo. 1946
Mientras miles de animales, tanto salvajes como domesticados (léase condenados desde su nacimiento) sucumban ante nuestra mirada ignorante o impasible, la visión de estas pequeñas obras se hace grande para interpretar el desastre y convertirse en un grito de ayuda, el grito de tantas víctimas que no tienen voz inteligible para el ser humano pero encarnan la belleza del mundo que estamos destruyendo sin ser capaces apenas de comprenderlo.

Por cierto, el nombre de El venadito también alude al hermoso y terrible cuadro de Frida Kahlo, El venado herido; inmejorable expresión de que el dolor de los animales es también el nuestro. Podemos intercambiar nuestras cabezas (el Venadito ya lo ha hecho) porque el impacto de las balas o las flechas causará el mismo destrozo.

martes, 17 de mayo de 2016

Un laberinto omnipresente

Como mencionaba en otro de mis post, para mí el laberinto del Hotel Overlook es ya un personaje con entidad propia dentro de la saga de los grandes protagonistas del cine. Pero, ¿qué es lo que confiere a este espacio ese carácter insustituible, qué lo hace convertirse en un eje alrededor del cual, desde la primera vez que lo vemos, gira toda la pesadilla creada por Stanley Kubrick?

La respuesta es que el laberinto del Hotel Overlook es, en realidad, el reflejo del propio hotel. Podría decirse, incluso, que toda la película The shining (El resplandor) es un reflejo dentro de un reflejo a su vez dentro de otro reflejo. Como un juego de espejos o fractales. En este maravilloso laberinto todo conduce una y otra vez a un centro del espacio y del tiempo (como ya sospechó Jorge Luis Borges de otros creados por su escritura maestra) del que es imposible escapar.


Plano del laberinto a la entrada del mismo
Y la propia película es, en sí misma, otro laberinto. Ya desde los títulos de crédito, con esas tomas aéreas del pequeño coche de Jack Torrance (Jack Nicholson) siguiendo la tortuosa carretera a cuyos lados se levanta el profundo bosque, sugiere la idea de un recorrido a través de un sendero amenazante. A plena luz, es la música la que nos indica que la familia está entrando en una pesadilla conforme se adentra en las montañas camino del hotel.


La familia Torrance se dirige al hotel
Pero es que más adelante, una vez instalados,  vemos otra vista aérea... de la moqueta del hotel Overlook (término en inglés que quiere decir vigilar y pasar por alto a la vez) en la que juega el pequeño Danny. El niño mueve un coche (del mismo color que el coche de su padre) a través de un diseño inolvidable (ha dado para estampar camisas, llaveros, mobiliario y un largo etcétera de productos inspirados en el film) formado por caminos que recuerdan la estructura de un laberinto. El espectador ha pasado del paisaje inquietante de los bosques de Colorado hasta una moqueta de hotel, y la amenaza ha ido in crescendo. La idea del laberinto está omnipresente como podemos ver.

Danny jugando sobre la moqueta
La primera revelación del laberinto como actor dramático (sí, reitero, indiscutiblemente el laberinto es un personaje más) se produce cuando Jack Torrance contempla la maqueta. Hasta ese momento había sido una presencia inquietante, pero es en ese instante cuando Jack, como un demiurgo tenebroso, parece despertar en él la fuerza de un maleficio. El plano siguiente, que en realidad no coincide con el laberinto que luego se muestra ni con la propia maqueta, es un laberinto ilimitado, gigantesco, con las proporciones de una pesadilla sin fin. La cámara va descendiendo para encontrarse finalmente con Danny y su madre recorriéndolo, en un juego inquietante en el que Wendy se esfuerza por aparentar una tranquilidad que está lejos de sentir. Y Danny ya sabe desde el principio que allí se esconde algo horrible que amenaza a toda la familia.

El laberinto les acompañará toda la película. Y cómo no hablar de la habitación 237; ésa en la
que Danny, por favor, por favor, no podía entrar. No sabemos lo que le pasa cuando incumple la petición, sólo vemos las traumáticas consecuencias para el niño; pero sí vemos el diseño del baño cuando Jack entra en él. Es, exactamente, el diseño del propio laberinto, como veis en las fotos.


Pero es que, además, el efecto del laberinto (es decir, el caminar por un espacio del que ignoramos lo que habrá detrás, del que no podemos salir, del que hay zonas que jamás veremos) es el que produce le propio hotel.  Sus largos pasillos, que recorremos en visión subjetiva gracias a la cámara creada por Kubrick expresamente para la película, se quiebran una y otra vez sin dejarnos percibir en qué lugar del hotel estamos; la repetición de su diseño, como la de las paredes del laberinto, hace casi imposible la identificación de nuestra posición.

Porque todo el hotel es un espacio imposible. Sí, lo habéis adivinado, el hotel Overlook que sale en la película no existe, es un gigantesco decorado. De ese modo, los fans de la película han podido establecer que la distribución de sus habitaciones y espacios no se corresponde con ninguna planta real. Sus ventanas dan a lugares a los que no deberían dar, sus pasillos conducen a espacios muertos... en otro post os contaré cómo era (y es) el verdadero hotel del que surgió esta película.

Es así cómo el Hotel Overlook, el verdadero protagonista de la película, va cerrando su trampa sobre la familia Torrance. Una trampa perfecta, urdida por la mente maestra de Kubrick para que escapar resulte imposible, pues nos sentimos atraídos, una y otra vez, hacia el abismo que se abre un poco más a cada paso que damos, curiosos e incrédulos intentando hallar una salida que no aparece nunca.

Fiesta de Fin de año en el hotel Overlook.
1921
Adiós amigos, nos vemos en la fiesta de año nuevo de 1921 en el Hotel Overlook, Colorado, en ese baile infinito del que ya no podremos escapar. Hemos llegado al centro del laberinto... para volver a empezar.

Se ruega rigurosa  etiqueta.


viernes, 13 de mayo de 2016

Retablo de los inocentes

El toro bravo, símbolo del
inaceptable maltrato animal
en España
El retablo completo.
De los verdaderos inocentes, los animales. Desde el miércoles 11 de mayo hasta el 30 de junio de 2016 podéis ver este trabajo en Energía positiva, calle Gravina 14 de Madrid, dentro de la programación de Madrid Capital Animal.

Con esta maqueta, que podéis ver completa en mi página juanpablorada.com,  he querido hacer una interpretación sarcástica del santoral religioso. La Iglesia, las religiones, son responsables en España y en el mundo del maltrato y sacrificio de miles de animales  cada año; en su honor e incluso por su  iniciativa, animales indefensos perecen torturados en las fiestas religiosas, criaturas inocentes a las que la iglesia católica les ha arrebatado hasta la posesión de un alma.  

Entre toda esta barbarie contra los animales destaca la tauromaquia, cruel tradición que incomprensiblemente aún pervive en España y otros países con la complicidad e incluso el apoyo de instituciones católicas, administraciones y ciudadanos incapaces de sentir una mínima empatía con los seres que sufren.


Las aves vuelan alrededor de Adán
Las aves vuelan alrededor de Eva
Desde mi punto de vista, los animales son los verdaderos mártires de la creación: sin voz, sin lenguaje y expresión facial que nos molestemos en comprender, perecen entre terribles sufrimientos ante la indiferencia e incluso la celebración de muchas personas.


Por eso, en mi obra, los responsables bíblicos de esta tortura que se ejerce sobre seres inocentes, Adán y Eva, están encerrados en una jaula de pájaros; las aves vuelan libres a su alrededor, a salvo en su propio paraíso. Estos dos personajes recluídos son el símbolo del verdadero mal que asola a las demás especies animales y al planeta mismo que aquí, por una vez, se ven incapaces de hacer daño alguno.  El resto de los animales aparecen con aureolas de santos y alados, como reconocimiento a unas criaturas que, lejos de la influencia humana, podrían vivir de acuerdo a su instinto, con su sabiduría y sus lazos familiares, con su sensibilidad extraordinaria, libres en su absoluta belleza.


El elefante africano,
otra víctima de la caza
y la pérdida de hábitats.
Son muchos los animales que conviven en este espacio ideal que, por extensión y más allá de las religiones, recoge a otros animales que sufren la maldad y la falta de escrúpulos de los humanos: animales masacrados en la caza, maltratados y sacrificados sin piedad en explotaciones ganaderas, recluidos o exhibidos sin escrúpulos en circos y zoos.

Ciertamente este retablo es la mayor diminutopía que puedo imaginar, pues la especie humana ya sabemos que se ha expandido por cada rincón del mundo y amenaza la existencia misma del medio que comparte con el resto de fauna y flora del planeta tierra. La distopía ya se ha fraguado en la realidad, y apenas consigo abstraerme de la tristeza que me produce refugiándome en este pequeño mundo que he construido.

Dejo aquí un tímido ruego para paliar el desastre en el que estamos inmersos: hazte vegano / a.

martes, 10 de mayo de 2016

El único laberinto posible

Maqueta (en proceso)
del laberinto del hotel Overlook
Como ya habéis visto por el diario del hombre menguante, ese personaje infeliz y errante que se pasea por mis maquetas no sé si por placer o desesperación, estoy terminando la maqueta del laberinto del hotel Overlook. Sí, el que aparece (y actúa como protagonista, se podría decir) en la película de Stanley Kubrick El resplandor (The shining, 1980). El pobre Scott ha despertado allí, y le esperan algunas sorpresas... desde el estreno de la cinta, creo sinceramente que no hay otro laberinto posible; es el laberinto por excelencia. Nunca podremos olvidar la huida del pequeño Danny con el enloquecido Jack Torrance tras sus pasos en la nieve, escuchando los gritos casi inhumanos del perseguidor...

Este laberinto es un icono incontestable del cine de terror y se ha hecho un hueco por méritos propios en nuestras pesadillas más queridas. Si bien en la novela original de Stephen King (en la que se basa la película) no había tal laberinto; aparecían en su lugar animales esculpidos a golpe de podadora, en una versión bastante menos amable de aquellos que realizaba el adorable Eduardo Manostijeras con sus habilidosas y cortantes manos. 

Jorge Luis Borges

Pero Stanley Kubrick, genial director donde los haya, sustituyó estos animales que en la novela cobraban vida por un ente más abstracto y temible: un laberinto. Una construcción, vegetal en este caso, que nos rodea y nos pierde, que nos invita a encontrar una salida que nunca aparece, una pesadilla en la que nos sumergimos voluntariamente, con la angustia y el arrepentimiento posterior, al perdernos una y otra vez en un jardín de senderos que se bifurcan.

Sí, Borges, el extraordinario escritor argentino, tampoco fue ajeno a los laberintos, y escribió varios poemas sobre ellos, como El laberinto, que aparece en su poemario Elogio de la sombra. Aquí podéis oir el poema de sus propios labios).

Laberinto de la
Catedral de Chartres
Personalmente, siempre me han atraído los laberintos. Quizá porque invitan al descubrimiento de algo que nunca aparece, nos urgen a llegar a un centro en el que nunca hay nada, salvo nosotros mismos como objeto verdadero de cualquier descubrimiento. Quizá porque retan a nuestro entendimiento al mismo tiempo que a nuestro instinto de supervivencia. Y además, innegablemente, son hermosos. Encontramos algo hipnótico en ellos, y no es extraño que hayan sido, desde los orígenes de la Historia, el símbolo de mensajes ocultos y hermandades misteriosas. Por ejemplo, el que se encuentra en el suelo de la Catedral de Chartres.

Hay y ha habido miles de laberintos por el mundo: cretenses, romanos, barrocos... son en sí mismos personajes mitológicos, creados desde los griegos para confusión del ser humano con el fin aparente de esconder algo valioso, ciudad o tesoro, pero en realidad sin otra ambición que el placer de verle perderse entre sus ángulos y rutas sin salida.

El laberinto que estoy construyendo no está deshabitado. Tampoco habitado, en el común sentido de la palabra. Digamos más bien que está ocupado. Pero de esas presencias que aparecen a la vuelta de cada esquina hablaremos en otro post; no me creeréis si os digo que yo sólo he construido la maqueta, y de repente estaban ahí. No sé de dónde vienen, aunque puedo sospecharlo. Voy a investigar un poco y os cuento.

jueves, 5 de mayo de 2016

Diario del hombre menguante VII: en el laberinto

Yo asomándome al laberinto del hotel Overlook
Los que seguís este blog ya sabéis de mi existencia. Efectivamente, soy Scott Carey, El increíble hombre menguante. Tras sufrir una radiación allá por 1957 que me hizo disminuir mi tamaño progresivamente, huí desconsolado al final de la película. Sin rumbo, sin esperanza. Voy contando mi odisea a partir de aquel momento, siempre en busca de una vida normal con un tamaño normal pero, inevitablemente, asomado al mundo diminuto en el que me encuentro, descubro un millón de cosas imperceptibles para las criaturas gigantes y otro millón más sencillamente terroríficas. Y aún doy las gracias por encontrar pequeños mundos en los que mi minúsculo cuerpo puede aspirar a llevar una existencia como el común de los mortales (por cierto... ¿seré inmortal?).

Estuve, como recordaréis, por el África diminuta en busca de la Reina de Saba, quien (me habían asegurado) tenía la capacidad de devolverme la visión en color (la peli, como sabéis, era en blanco y negro y desde entonces no consigo ver ni un maldito color más). Como todas las magas, resultó ilocalizable, a pesar de haberla buscado desde las ruinas del Gran Zimbabue hasta las montañas de Etiopía, recorriendo el continente y llegando incluso a encontrarme de camino con Tarzán y con Isak Dinesen (a la sazón, los dos únicos habitantes permitidos en esta Diminutopía africana, con el compromiso expreso de no volver a hacer ningún daño, jamás, a ningún animal).

Vengo ahora mismo de la Ciudad Púrpura Prohibida de Pekín, lugar donde se encontraba el Emperador del Centro, que todo debía saberlo, incluyendo el remedio a mi limitada visión cromática y mis minúsculas dimensiones. Pero ocurrió algo que llevó al traste mis aspiraciones...

Óscar Stanley,
fundador del hotel Stanley
El Hotel Overlook, antes hotel Stanley,
bajo una copiosa nevada
Volviendo a mi etapa africana, estando perdido cerca de las cataratas Victoria, totalmente desorientado, coincidí con el explorador Stanley Livingston quien, como sabemos, también se encontraba deambulando por la diminutopía africana siguiendo el curso del Río Zambeze (ver post El humo que truena en el río Zambeze). Una noche de calor sofocante y con una turba de mosquitos alejados por la mosquitera, Stanley me contó que, a la vuelta de sus expediciones por el mundo, se refugiaba para reponer energías en un hotel en Colorado, el Hotel Stanley, propiedad de un familiar cercano. Actualmente había cambiado de nombre y se llamaba hotel Overlook. Me recomendó una temporada de descanso allí antes de reanudar mi fatigoso viaje en busca de la normalidad.

Me enseñó unas fotos; el hotel en cuestión era una maravilla. De estilo Art Decó, inspirado en la artesanía de los nativos americanos, su imponente presencia destacaba entre las montañas por su afilada estructura. A sus puertas, un intrincado laberinto ofrecía una visión ordenada, espectacular (y algo inquietante) que contrastaba placenteramente con la lujuriosa y caótica vegetación africana que me rodeaba en aquel momento por todas partes.

Desde entonces no dejé de darle vueltas a la idea, pues por maravilloso que fuera el paisaje echaba de menos mi plácida vida en los Estados Unidos.

Tras África vino la Ciudad Prohibida, de la que fui expulsado sin contemplaciones, como ya os he contado. Perdido, sin esperanza, me dormí desconsolado a sus puertas esperando que al abrir los ojos la realidad se hubiera tornado más amable... ¡y desperté en Colorado!. Un dios particular debe moverme a su antojo de un lugar a otro.

Pero no me encontré en el hotel recomendado por el explorador. El famoso Hotel Stanley, luego denominado Overlook, había desaparecido. Frente a mí, mejor dicho a mi alrededor, lo que había era un laberinto. Tras recuperarme del sobresalto y cerrar los ojos reiteradas veces esperando que fuera sólo una pesadilla, empecé a aceptar que aquello era real.

Uno siempre espera ayuda humana cuando se ve solo y perdido, y eso es lo que busqué instintivamente. Pero pronto descubrí que, si bien allí había gente, no se podía decir que fuese exactamente humana. Quizá lo había sido, si, pero en otra vida.

martes, 3 de mayo de 2016

Hotel Modern, miniaturas que impactan

Hoy os contaré un poco sobre una maravillosa compañía de teatro minúsculo (es decir, con personajes de 8 cm de alto) que tiene auténtica y merecida proyección internacional. Se llama Hotel Modern, y está radicada en Holanda. Sus espectáculos son impresionantes, pues desarrollan historias impactantes en directo, a escala diminuta y, a través de una mini cámara de vídeo, proyectan la acción en una pantalla para que los espectadores puedan seguirla.

Cartel del espectáculo Great War,
sobre la Primera Guerra Mundial
Sus temas son radicales, juegos muy adultos para personas con criterio y cierto nivel cultural; por ejemplo, uno de sus espectáculos trata sobre la Primera Guerra Mundial; otro, sobre el campo de concentración de Auschwitz.

No son espectáculos para pasar el rato, aunque resulten absorbentes y de una intensidad dramática igualable a otras obras con personajes de carne y hueso. Son montajes de una gran belleza estética, que invitan a pensar, conmueven, sorprenden y, como colchón emocional, desarrollan un humor entre lo ingenuo y lo sarcástico que nos desconcierta y nos mantiene interesados.

Su obra sobre el campo de concentración más famoso del Tercer Reich, Auschwitz, se titula Kamp. En ella, ocho mil figuritas de apenas 8 cm de alto ponen en escena una tragedia que nunca se agota. Sus pequeños actores deambulan sobre un escenario de horror, mientras los manipuladores de las figuras actúan como reporteros. El público asiste a uno de los mayores crímenes de la humanidad representado de forma desconcertante por pequeños muñecos, lo que no le resta ni un milímetro de contundencia. Según la crítica del periódico Noordhollands Dagblad, "el espectáculo conmueve de tal manera que, al final, el espectador no sabe si aplaudir o abandonar la sala en silencio".
Aquí podeís ver unas escenas:



Cartel de la obra Kamp, sobre el campo
de concentración de Auschwitz
En la obra La Gran Guerra, vemos la contienda en toda su crudeza, con imágenes en blanco y negro que recuerdan los reportajes de la época; efectos especiales sencillos pero eficaces, como fuego, humo, pequeñas explosiones, etc, sobre paisajes de ciudades y trincheras, consiguen transportarnos al escenario de la guerra obviando que se trata de una representación de diminutos muñecos. Millones de soldados y civiles perdieron la vida en una guerra terrible en la que ensayaron por primera vez armas de destrucción masiva, como gases y bombas bacteriológicas. Un horror que estas pequeñas figuras evocan sin concesiones y con una gran efecto dramático. Según el NRC Handelsblad, "Todo parece real. Es la única manera de hacer lo inimaginable soportable".

Tienen muchas otras obras maravillosas, como The Ring, inspirada en El Anillo de los Nibelungos, en la que las cámaras espían la ascensión y caída de un imperio de insectos con la música de Wagner.  O City Now, en la que la ciudad es la protagonista del espectáculo, con las cámaras entrando en sus calles y edificios, y hasta en los mismos pensamientos de los habitantes.

Miembros de la compañía
durante una representación
Empleando todo tipo de medios (escultura, recortables, marionetas, miniaturas, efectos sonoros, efectos especiales, etc.) dan a sus obras un impacto cinematográfico que perdura en nuestra retina y, lo que es más notorio, su ejecución sucede a la vista del público, sin que esto influya en la apreciación intensa de realidad que desprenden sus obras.

En resumen, hablar de Hotel Modern es hablar con palabras mayores del mundo de las miniaturas, pues pocas veces se puede ver desde lo minúsculo un espacio creativo tan enorme, contando historias que trascienden el mero espectáculo para instalarse entre nuestras vivencias para siempre.