jueves, 26 de junio de 2014

Diario del hombre menguante I

Me despierto en una tierra desconocida
Hoy me he despertado con el firme propósito de averiguar el sentido de todo esto. No sé si estoy viviendo un sueño, si mis sentidos me engañan. De repente, aparezco en algún lugar del continente africano como por encanto, y sólo el rugido de los leones y el frío intenso de la madrugada me hace comprender que estoy aquí físicamente.

Antes estuve en la ciudad prohibida de Pekín y antes, en la peor de las pesadillas: el laberinto del hotel Overlook. Pero me he adelantado a mi historia, que debo haceros comprensible porque, si no, corro el riesgo de pasar por un perturbado.

Mi nombre es Scott Carey, y me hice famoso mundialmente interpretando mi propia vida en la película El increíble hombre menguante, allá por 1957. Seguro que la habéis visto. Quizá incluso lo pasasteis bien y os pudo hacer gracia pero, para mí, fue una pesadilla sin final. Todavía hoy no ha terminado.

Como recordaréis, yo al principio era un hombre normal: casado con una bella, hacendosa y algo despistada mujer, con un trabajo, con un hogar lleno de promesas. Hasta que (maldigo el momento en que se nos ocurrió aquella excursión) una nube radiactiva me envolvió durante unos segundos en el barco en que pasábamos unos días de descanso. Nunca quedó claro si fue la radiación o la toxicidad de los insecticidas que transportaba la nube, pero el caso es que a partir de aquel día comencé a hacerme cada vez más pequeño, con la ropa más holgada y mi angustia cada vez más grande.

Todos en aquella época sabíamos de las explosiones nucleares (las bombas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki, todavía recuerdo ver en la tele sus devastadores efectos y sentir un escalofrío de terror) y los experimentos con armas químicas, así que por mi parte no dudé un momento en que detrás de todo aquello estaba la CIA o un siniestro laboratorio militar. Naturalmente, nadie quiso escucharme y una escena en la que expresaba mis sospechas a mi mujer fue cuidadosamente eliminada del metraje final.

Como pudisteis ver en el film, de principio a fin de la película no hago sino menguar, pasando del sobresalto a la desesperación más absoluta. Finalmente, aquel gato (¿porqué a nadie se le ocurrió hacerle una radiografía o analizar sus heces?) me arrojó a un final incierto. Ni el mismísimo Godzilla me hubiera provocado más pavor. Y, pasado el desconcierto lógico, poco a poco, comencé a aceptar mi destino. Y, desde entonces, no he cesado de buscar un mundo nuevo en el que poder vivir. Menguante y errante.

Finalmente, la película terminaba con una bonita reflexión por mi parte sobre lo infinitesimal y lo infinito, y hacía un acto de fe en mi futuro. Pero no daba ninguna solución a mi menguante existencia. Y muchos os preguntásteis entonces: ¿qué será de este desdichado en el futuro? ¿Dónde acabará viviendo sus días?

La respuesta es... aquí.


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