lunes, 28 de julio de 2014

Vacaciones diminutas

Hola amigos.

Sí, yo también me voy de vacaciones. Pero las instalaciones siguen abiertas… podeís viajar a través del continente africano o a través de los mundos que he ido comentando en este blog, mundos del cine, la televisión o la literatura poblados también por personajes diminutos.

Dejo en suspenso, sólo por unos días, este blog en el que comparto diminutas grandes experiencias.. espero que os esté gustando y que no dejéis de seguirme a la vuelta, allá por el día 15 del próximo agosto!

Un diminutabrazo.

PD: Cuidad del hombre menguante.

viernes, 25 de julio de 2014

Diario del hombre menguante III

Contemplando los elefantes de Dzanga Bai
Me vais a perdonar, pero es que me he perdido por las selvas del Congo. Como recordaréis, estoy buscando a la reina de Saba, de la que se comenta por todos los poblados que tiene poderes extraordinarios. Me habían dicho que podía estar en Zimbabwe y allá que me fui, pero, como os conté, allí sólo encontré ruinas. Así que decidí a viajar hasta Etiopía, el otro lugar en el que, me decían, podía encontrarse su reino. Algún día la encontraré, no lo dudéis.

Y os preguntaréis, ¿qué empeño tiene este hombre diminuto en encontrarse con la Reina de Saba? Pues os lo voy a decir: mi mayor deseo secreto (desde este momento, secreto ya no) es pedirle que me otorgue la visión a todo color. Sueño con ver las cosas bañadas en mil colores, como deben ser en realidad. Bastante tengo con ser minúsculo como para, encima, tener que ver el mundo en blanco y negro. Si es, o no, otro efecto de la radiación, yo no lo sé. Pero creo firmemente que las cosas deben ser en color.

El gris está muy bien, y desde luego no se podía pedir otra cosa allá en 1957 cuando empezó todo este experimento con mi película El increíble hombre menguante, pero sospecho que el color existe a mi alrededor; ¿os podeís imaginar la frustración de saberse rodeado de color y no poder verlo? Pienso que los colores cambiarían mi forma de ver el mundo, tal vez sería más optimista, incluso más aventurero…

Una imagen de la reina de Saba,
siempre con su león
Pues bien, desde el sur del continente emprendí el viaje, atravesando savanas y parajes selváticos, hasta que me encontré de repente con una selva de un tamaño inimaginable, un verdadero muro verde que se extendía mucho más allá del horizonte: la jungla que bordea el río Zaire (bueno, parece que los occidentales lo llaman Congo). Como imaginaréis, estas selvas no están deshabitadas: hay animales imponentes por doquier y también tribus a las que conviene no molestar. No quise arriesgarme a un malentendido con los Kongo, pero pude ver uno de sus poblados desde mi escondite en la jungla. Incluso llegué a pasar por el santuario de elefantes llamado Dzanga Bai, en plena selva.  

Continué mi camino valerosamente entre la jungla y, tras unos días interminables entre mosquitos, los más salvajes entre los animales sin duda, ví a lo lejos una cadena de montañas, tras las cuales parece que se encuentra el lago Tanganika. Cuál no sería mi sorpresa cuando divisé a un grupo de esforzados nativos junto con exploradores europeos capitaneados por… el mismísimo Tarzán de los monos! Subían afanosamente los escarpados riscos, con el peligro de caer al vacío, como había visto yo en muchas de las películas que cuentan su vida y hazañas. ¿Sería esta una película más?

Tarzán, seguido por un explorador y varios porteadores
Siempre soñé con su mundo, sus películas, tan distintas de la mía: él en intrincadas selvas, yo en un húmedo sótano, él el rey de los leones, yo la presa de un gato.

Lamentablemente, la visión duró poco, ya que desaparecieron en las brumas de los altos picos camino del santuario de gorilas de las montañas Virunga. Tras ellos encaminé mis pasos, pues son pocas las ocasiones de hablar con occidentales por estas tierras.

miércoles, 23 de julio de 2014

Insectopía

Por descontado, la diminutopía más deseada sobre la tierra es la de las hormigas de la película Antz… latas de refrescos diseminando su pegajoso contenido, envoltorios de caramelos, restos de pasteles, frutas en descomposición… Insectopía, todo un universo pringoso para disfrute de hormigas y demás parientes, es un feliz hallazgo del cine, envuelto en la canción de Neil Finn que pone música a semejante paraíso: I can see clearly now the rain is gone… 

Y es que los insectos saben mucho de mundos diminutos.. ellos atesoran las pequeñas partículas de alimento que para nosotros son invisibles, elaboran minuciosas y asombrosas ciudades, tienden trampas, trepan hasta alturas increíbles, se manejan por la oscuridad con misteriosos sentidos, se comunican en un lenguaje inaccesible para los humanos... Luchan, aman y mueren en un formato mínimo que nos hace mirarles, cuando nos damos cuenta de su presencia, entre la simpatía, la admiración y el asco, según sean hormigas,  mariposas o gusanos.

Y es que también a este mundo paralelo le aplicamos las reglas de nuestro, ése si pequeño, mundo mental. Valoramos el mundo natural y animal en función de lo que nos aporta, del uso que le damos, de lo parecidos o no a nosotros y nuestro lenguaje que sean sus especímenes. De todos modos, sus diminutas vidas poco nos importan, aunque demuestren sobrevivir en las condiciones más extremas, en lugares que a nosotros nos resultan vedados.

Salvo los budistas, que ponen buen cuidado en no pisar ni una hormiga, los humanos no conceden a los insectos la categoría de seres vivos; más bien pensamos de ellos que son como pequeñas máquinas sin emoción, sólo alabadas cuando son productivas. Y sabemos tan poco de estos animales! Bueno, de los demás tampoco sabemos mucho, pero parece que les otorgamos algunos peldaños más en la escalera que se acerca al rey (tirano más bien) de la creación.

Cuando nos asomamos a su mundo con humildad y sincero afán de descubrimiento, nos podemos encontrar, por ejemplo, con la visión que recoge la maravillosa película documental Microcosmos, de Claude Nuridsany y Marie Pérennou. Un espectáculo con grandes batallas, gestas heroicas, lances amorosos... que nos brindan una magnífica ocasión de revisar nuestro sentido de la superioridad. La acompaña una música inquietante y poderosa, firmada por Bruno Coulais, construída con sonidos evocadores del extraño mundo que describe el film, una banda sonora magnética con ecos de ciencia ficción que nos hace percibir el mundo de los insectos como una galaxia lejana en la que hemos aterrizado inopinadamente.

Por cierto, pensando en el futuro de otro insecto muy querido (y útil), podeís participar en la campaña de Greenpeace: SALVEMOS LAS ABEJAS. Si lo preferís, #SOSabejas No sé si sabréis que las abejas están desapareciendo masivamente en todo el mundo, siendo ya una preocupación a escala gubernamental. Pesticidas y demás productos tóxicos, además de la falta de diversidad genética en flores cultivadas, entre otros factores, están llevando al límite de la supervivencia a un animal crucial en el sistema reproductivo de las plantas y, en consecuencia, con fatales consecuencias sobre el entorno natural y nuestro propio futuro, ya que, directa o indirectamente, la mayoría de los alimentos que consumimos han tenido en estos insectos una de sus escalas obligadas.

domingo, 20 de julio de 2014

Las fuentes del Nilo


Mapa en el que se observa lo despistados
que andaban algunos sobre las fuentes del Nilo
Pocas aventuras han suscitado más empeño y desesperación que ésta: descubrir los orígenes de un río fabuloso, el Nilo, razón de ser una de las civilizaciones más refinadas y longevas del planeta: el antiguo Egipto. Un río que era un dios para las culturas que lo veneraron y, sobre todo, para los egipcios. Sus crecidas dominaban sus vidas, llenando de verdor y riqueza las cuencas del valle del mismo nombre y el delta; el resto era desheret o tierra roja. La puesta del sol por occidente al atardecer simbolizaba la muerte, y su nacimiento por oriente la resurrección; por ello, las ciudades se ubicaban siempre en la ribera Este del Nilo y las necrópolis en la orilla Oeste. Su reflejo en el cielo, la vía láctea, guió (suponemos) más de un viaje al otro mundo de sus ilustres muertos, o sea, de aquellos con posibilidades económicas de costeárselo.

Como podéis ver en la foto aérea de mi diminutopía, el Nilo discurre sinuosamente desde las tierras altas africanas hasta su delta en el mediterráneo, atravesando multitud de parajes a lo largo de sus impresionantes 42 centímetros (en mi diminutopía, claro) y 6.853 kilómetros en la realidad. Pero su curso que se ve claramente desde el aire, fue una auténtica locura descubrirlo a ras del suelo. Muchos lo intentaron, muchos murieron en el empeño. Para colmo de dificultad, en Nilo en realidad son dos: el blanco y el azul, denominados así por el diferente color de sus aguas.

El Nilo blanco había sido desde la antigüedad un río de discurrir misterioso; incluso se pensaba desde los tiempos de Ptolomeo que el río Níger era el curso alto del río.


John Hanning Speke
En realidad el Nilo blanco nace en el lago Victoria, en el que a su vez vierte sus aguas el río Kagera, siendo el origen de este río la verdadera fuente del Nilo. Pero, simplificando un poco en aras de la narración, digamos que nace en el lago Victoria. Este lago de regio (y británico) nombre fue divisado por primera vez en 1858 por el explorador John Hanning Speke, dejando atrás (enfermo) a su compañero Richard Francis Burton, que montó en cólera por la precipitada (según él) proclamación del lago como fuente del Nilo en la Real Sociedad geográfica de Londres. Speke se convirtió en un héroe y Burton fue ninguneado… menos mal que Burton, eso sí, fue el primer europeo reconocido en llegar al lago Tanganika.

Richard Francis Burton
David Livingstone intentó confirmar la tesis de Speke, pero se pasó un poco y acabó en el Congo. Finalmente sería Henry Morton Stanley quien confirmó el descubrimiento de Speke, encontrándose de paso con un Livingstone agotado al que dirigió su histórico saludo.

El Nilo azul nace en las montañas de Etiopía, en el lago Tana concretamente.

Históricamente, los orígenes del Nilo azul no se establecieron hasta los siglos XVI y XVI, cuando los europeos llegaron hasta el lago Tana. Y parece ser que fue un español, el misionero Pedro Páez, el primero en describir su origen. Y es que ya he comentado la decisiva labor de los religiosos en el descubrimiento de múltiples hitos geográficos de África; eran unos locos que, encomendándose a su dios, no reparaban en enfermedades, obstáculos, guerras o animal salvaje alguno para alcanzar sus objetivos evangelizadores. Lo que pensaron los pobres nativos, evangelizados contra su voluntad y simultáneamente sacudidos por los predicadores y los traficantes de esclavos, no lo sabemos (ya se sabe, lo importante era su alma, con su cuerpo se podía hacer negocio). Nunca imaginaron que aquellos hombrecillos de mentón apretado que llegaban a sus aldeas exhaustos, desaliñados y acribillados por los mosquitos acabarían siendo los mensajeros del desastre, para ellos y para todo su entorno natural.

El Nilo a su paso por el Egipto diminuto, con la Esfinge y las pirámides al fondo
Ambos Nilos confluyen en Jartun, en la actual Sudán, configurando un caudaloso curso que atraviesa el desierto y convierte sus orillas en casi la única fuente de vida en una tierra castigada por el sol y la arena implacables.

Como curiosidad, os cuento que lo que es navegar de principio a fin del río, sólo se ha conseguido muy recientemente; en concreto, con la expedición del sudafricano Hendrik Coetzee en el 2004. Salió de Uganda y llegó al mediterráneo 4 meses y dos semanas más tarde, gesta recogida por National Geographic. El pobre Hendrik acabó sus días en las fauces de un cocodrilo. Del Nilo.







miércoles, 16 de julio de 2014

Los diminutos seres de Hayao Miyazaki

Pocos directores de cine pueden exhibir una filmografía tan rica y sorprendente como él. Director de culto, Hayao Miyazaki es referencia obligada en el cine de animación japonés (o anime, que no manga), y un director de los que más placeres me han dado con sus maravillosas películas. Con un detalle y virtuosismo incomparable, refleja mundos totalmente personales con profundas raíces en la imaginería tradicional nipona, de la que extrae multitud de referencias que intercala con sus propias ensoñaciones, sobrevoladas siempre por diversos personajes entre la magia, la inocencia y el inexorable paso del tiempo.

Para un espectador occidental, sus imágenes resultan poéticas, terribles y desconcertantes a la vez. Sus monstruos y fantasmas, entrañables y perversos, sacuden nuestras emociones de un extremo a otro, constantemente inmersas en un mundo estéticamente magnético, en el que caben desde el reflejo más puro de las ondas de un pequeño arroyo en los ojos de un niño hasta terribles (e inútiles) guerras obstinadas en acabar con el género humano. Y siempre, el vuelo: extraños artefactos, aviones, brujas, ciudades enteras…es el alma infantil de Miyazaki, teñida con los recuerdos de su infancia, pues su padre tuvo un negocio para fabricar timones de aviones de guerra.

Chihiro o la Alicia de Miyazaki
La princesa Mononoke, activista
por la conservación de los bosques
El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro… Sus películas, habitualmente protagonizadas por una niña-mujer que sobrevive a cualquier reto que le destino quiera ponerle por delante (sea volar, visitar castillos en el aire o toparse con brujos o fantasmas de todo pelaje), discurren siempre por esa línea imprecisa de la mitología personal del director: siempre a caballo entre los recuerdos puros de la infancia (y de un Japón tradicional que sobrevive al paso del tiempo, residente en reductos escondidos difíciles de descubrir para un ojo apresurado) y las aventuras de aviadores, guerreros o brujos, siempre en la lucha por mantener la ética de la tradición, la naturaleza o la supervivencia de amores adolescentes frente a todas las dificultades del destino.
Totoro, o el duende que todos
querríamos como vecino

Os recomiendo vivamente a quienes no conozcáis la obra de Hayao Miyazaki (Óscar de Hollywood y Oso de oro en Berlín por El viaje de Chihiro, la película más taquillera de la historia del cine japonés) que veáis sus magníficas películas y, los que ya sois seguidores, que las recordéis incansablemente, pues son de una rara belleza que nunca se agota.

Pues bien, Miyazaki también ha incluído seres diminutos en sus películas… por ejemplo, los duendes del polvo y los Kodama.

Los Makkuro Kurosuke
trabajando duramente...
Los duendes del polvo, también llamados conejitos del polvo en inglés (dust bunnies) o, en su nombre original japonés, Makkuro Kurosuke (que significa algo muy negro y oscuro). Como veis en las pelis de Miyazaki, viven en casas deshabitadas, en sus rincones más ocultos, desapareciendo por cualquier rendija al menor rastro de luz. Su función principal es convertirlo todo en polvo… como se diría en España, el polvo cría polvo… Aparecen en Mi vecino Totoro como bolitas peludas y negras escondidos en el desván de la casa y también en El viaje de Chihiro, aquí con patitas, y con el nombre de Susuwatari, hechos del hollín del combustible que alimenta el incesante horno que calienta el agua de la casa de baños.

Los Kodama ensimismados del bosque de Mononoke
Mención especial en este blog merecen los Kodama, que aparecen de forma mágica y encantadora en La princesa Mononoke. Son espíritus de los bosques, y pueden aparecerse con forma vagamente humana, amables o terribles según el caso. En La princesa Mononoke aparecen dulces y delicados, como pastelitos de arroz (mmmm) aunque con un cierto estupor en sus caras que nos pone nerviosos, pues no sabemos si son amigos o simples espectadores de un inminente gran peligro sobre nuestros hombros. Pero tienen todo el encanto del mundo (¡yo quiero uno para mí!) y pronto descubrimos que sólo pueden vivir en un bosque intacto, y deseamos de todo corazón que continúen su existencia fantasmagórica en el bosque tal y como se lo encuentra el protagonista de la película, porque son un signo de la salud del entorno natural.

Uno de mis proyectos es recrear en una maqueta alguno de los preciosos escenarios imaginados por Miyazaki, os aviso si me decido por alguno y me pongo manos a la obra… cada vez que veo sobrevolar a sus personajes por esos mundos entrañables llenos de detalle, me entran ganas de vivir en ellos y conocerlos más de cerca...

Para ahondar en su personal visión del mundo y del cine, os recomiendo este libro: El mundo invisible de Hayao Miyazaki, de Laura Montero. Un exhaustivo y admirado acercamiento al mundo del maestro que nos ayudará a comprenderle mejor (pero no del todo, pues el misterio es una de sus razones de ser).

domingo, 13 de julio de 2014

Las fuentes del Congo

El curso del río Congo en el África Diminutópica

Hoy os voy a contar el descubrimiento (por los occidentales) del curso de este gran río africano, anteriormente conocido como Zaire. Es el mayor río del África central y el más caudaloso del mundo después del Amazonas. Los exploradores europeos que bordearon África ya desde el siglo XV en busca de una ruta hacia la India, oro y esclavos (siempre atentos a las oportunidades de negocio, aunque fuese a costa de las vidas de otros), tardaron mucho tiempo en adentrarse en el interior del continente. La selva tropical que rodea el Congo y sus afluentes es (era?) la segunda más extensa del mundo. Lamento deciros que la deforestación avanza cruelmente, así que no se te ocurra comprar ningún objeto de madera africana, a menos que tenga un certificado de explotación sostenible.

Uno de los mapas del Congo empleados por James K. Tuckey
Desde la antigüedad, África era un inmenso misterio, plagado de selvas y peligros de todo tipo, un espacio inabarcable del que no había mapa, plano o carta de navegación alguna, salvo los rudimentarios trazados por griegos y fenicios. Además de lo que se adivinaba o imaginaba, los relatos de los nativos aportaban dimensiones fantasmagóricas (sobre seres monstruosos, lugares de pesadilla y reinos de tesoros fabulosos) que envolvían en la bruma más absoluta a un continente que todos ambicionaban, pero que desbordaba casi cualquier empresa… su fauna, su flora o su geografía eran casi absolutamente desconocidos y objeto de todo tipo de fantasías.

La desembocadura del río Congo era conocida por los europeos desde que el portugués Diogo Cão llegó a sus aguas en 1484, para morir devorado por un cocodrilo, dicho sea de paso. Merecido se lo tenía, pues sus andanzas por el lugar no eran ajenas al tráfico de esclavos. Antes le dio tiempo a nombrarlo como Zaire, que era como le sonó a un europeo la palabra de los bakongo Nzere, o río que traga los demás ríos (bonita pero amenazante manera de llamarlo). Con este nombre se le conoció hasta el siglo XVIII, cuando comenzó a ser llamado por los europeos río Congo, por el pueblo Kongo que poblaba su cuenca.

Pero de dónde surgía el río fue bastante más complicado de descubrir. En realidad su origen es el río Lualaba, que juega al despiste porque su trayectoria va desde el lago Bangweulu hacia el norte, y los europeos (incluído Livingstone) pensaron que sería en todo caso un afluente del Nilo, pero que nunca iría hacia el Pacífico. Obviamente se equivocaron, pero es que este río hace un quiebro muy llamativo y cambia su curso radicalmente, como podéis ver en la imagen del África diminuta.

Tuckey, con un nativo a modo de adorno
Posteriormente, el británico James Kingston Tuckey, que perdió la vida en el intento, trató de remontarlo en 1816 pensando que existía una conexión con el río Níger, pero no logró superar las cataratas Livingstone, zona de rápidos muy peligrosa antes de llegar al lago Malebo, a cuyas orillas se ubican Brazzaville y Kinshasa, ambas capitales de distintos países con la palabra Congo en su denominación.

Stanley, con el imprescindible nativo a su lado
El explorador y periodista Henry Morton Stanley finalmente logró el objetivo de encontrar sus orígenes en las montañas del valle del Gran Rift, en el lago Tanganika que alimenta el río Lualaba a través del río Lukuga. De paso, Stanley descubrió las míticas Montañas de la Luna (hoy montañas Rwenzori), mencionadas por Ptolomeo como fuentes del Nilo. Además, naturalmente, encontró al Doctor David Livingstone, suponemos.

Livingstone llegó a África como misionero, como tantos otros lunáticos ultrareligiosos que en realidad lo único que consiguieron en nombre de la civilización fue abrir vías para el exterminio de la culturas nativas y la devastación absoluta de la naturaleza.

Ah, en el mapa que abre este blog podeís buscar cocodrilos, elefantes y monos...




viernes, 11 de julio de 2014

Lisa Simpson, la suprema hacedora

No sé si habeís visto un capítulo de los Simpson por que el yo tengo predilección. Concretamente, dentro de la serie la casa-árbol del terror, en su capítulo VII correspondiente a la octava temporada, hay un episodio impagable que se llama The Genesis Tub. En él aparece un precioso universo diminuto con una evolución sorprendente… ¡a partir de una muela de Lisa a modo de Big bang!

No he podido encontrar el vídeo correspondiente, pero os cuento de qué va y adjunto algunas imágenes. Todo comienza cuando Lisa hace un experimento de ciencias sospechando -todos los hemos hecho- las propiedades mágicas de la coca-cola: introduce un diente en un tazón con la bebida esperando que ésta lo disuelva… mientras tanto Bart prepara otro experimento con electricidad… explosiva coincidencia.

Como no podía ser de otra manera, Lisa acaba sufriendo una descarga eléctrica y, de rebote, la muela sumergida en la bebida de cola también la recibe… a partir de aquí, se desencadena una extraña reacción (el génesis que da nombre al capítulo) y la vida aparece en la muela como si del planeta tierra en sus orígenes se tratara.. sólo que la evolución es fulminante, todo ocurre en una noche y Lisa se encuentra a la mañana siguiente, al mirar por el microscopio, con un nuevo mundo que sufre un desarrollo vertiginoso dentro del tazón. Pronto aparecen los primeros seres y una diminuta civilización que venera a Lisa como a su diosa creadora.

La evolución en el planeta-diente va a toda pastilla, y cuando ya están en el futuro (con sus naves espaciales incluídas) Bart lo descubre y no se le ocurre otra cosa que aplastar con su inocente dedo el pequeño mundo de Lisa. Los habitantes supervivientes del tazón (en el que el dedo de Bart ha producido un verdadero apocalipsis, todo son incendios y destrucción por doquier) envían inmediatamente naves para castigar a Bart, pero no consiguen su propósito porque para el hermano de Lisa los disparos son como picaduras de mosquito, poco más.

Repentinamente, Lisa comienza a hacerse más y más pequeña, hasta alcanzar el tamaño de sus diminutos súbditos; una vez en su mundo y elevada al trono, le piden ayuda para combatir al demonio de su pequeño cosmos (o sea, Bart, quién iba a ser!). Pero a ese tamaño poco puede hacer Lisa… Bart se lleva el tazón a la escuela y gana el primer premio del experimento de ciencias y Lisa se da cuenta, horrorizada, de que se quedará en su mundo diminuto para siempre…

Prestad atención a los Simpson porque un día de estos lo volverán a poner; ya sabemos que es una serie de la que podemos ver mil veces los mismos capítulos sin cansarnos nunca… (por fortuna para la cadena que la emite en España).

martes, 8 de julio de 2014

Un ciervo cazado ya no es un ciervo

Denys Finch Hatton

Hola.. hoy os muestro una vista del continente diminuto a vista de pájaro… o quizá desde el avión de Denys Finch Hatton. El aviador volaba de una punta a otra de África, al igual que algunas intrépidas aviadoras como Beryl Markham (os recomiendo vivamente su precioso libro Al oeste con la noche, una crónica magistral, de gran calidad literaria, de los años que pasó la autora en África). La valentía y el amor al peligro de estos pilotos verdaderamente nos causan asombro. Debemos tener en cuenta que en aquellos años (primeras décadas del siglo xx) existían en el continente africano amplias zonas sin explorar, de modo que constantemente sobrevolaban parajes jamás transitados por el hombre blanco (afortunadamente para la vida salvaje). Lugares en los que un aterrizaje forzoso podía significar la muerte lenta a miles de kilómetros de cualquier forma de ayuda.

Desgraciadamente, tengo que comentar que el objetivo frecuente de estos vuelos era la localización de animales para su caza indiscriminada, lo que arroja una sombra siniestra sobre lo que podía haber sido simplemente una gesta valerosa y llena de belleza. Visualizados así, desde el aire, los elefantes, leones y otros seres vivos no tenían recursos para escapar de algo que la naturaleza, durante cientos de miles de años de evolución, nunca había introducido en sus vidas, como es una amenaza desde el aire. Amenaza sin piedad alguna: los pilotos avistaban las manadas y daban a conocer su paradero exacto a los ávidos cazadores llegados de todo el mundo para matar; por deporte, por moda, por status social, por simple estupidez.

En esta desigual y cruel contienda, los animales tenían todas las de perder. Con la ayuda inexorable de la tecnología (circustancia que se repite desgraciadamente en cuanto se levanta la veda en cualquier lugar del mundo) el cazador arrebata la vida a su víctima haciendo uso de recursos para los que el animal está indefenso, matando a seres inocentes que tienen una vida única, unos lazos familiares, unas emociones compartidas, una memoria e incluso una cultura transmitida de generación en generación, como en el caso de los elefantes.

Pero todo eso lo desprecia el cazador, preocupado únicamente en guardar una cabeza seca,  sin vida, polvorienta y con ojos de vidrio, como testigo forzoso y ya definitivamente mudo de su bárbara hazaña.

Como decía magníficamente el poeta surrealista francés René Char, «un ciervo cazado ya no es un ciervo, es un animal muerto». Os recomiendo la lectura de sus poemas.

En los primeros años del siglo xx, eran numerosas las cacerías africanas de los ricos europeos y norteamericanos. Bueno, no ha dejado de ocurrir, recordad la lamentable cacería del ex rey de España, con ese bello elefante desinflado como un muñeco tras él, apoyado contra el tronco de un árbol en una absurdo intento de hacerle recuperar el esplendor que sólo su corazón latiendo podía otorgarle. Y me duele poner esta foto por la indiferencia al sufrimiento que delata, por la arrogancia estúpida de los cazadores, pero es que no debemos olvidarla.

Aún hoy, cazar en África es básicamente una actividad de ricos ociosos, deliberadamente ignorantes de la riqueza que supone la vida de un animal, de sus condiciones de supervivencia (muchos, amenazados de extinción). También la caza furtiva no ha dejado de esquilmar la poca vida salvaje que va quedando, motivada por la desesperación e ignorancia de los nativos y las lamentables creencias medicinales de los pueblos asiáticos, sin olvidar que en occidente se sigue comerciando con marfil para decoración y joyería.

Como un apunte de esperanza, también la tecnología puede jugar un papel en la salvación de la fauna salvaje, como el uso de Google Earth y drones para preservar la vida de los elefantes africanos, entre otras iniciativas conservacionistas.

Desde que fue descubierto por Occidente, el suelo africano sólo ha padecido la explotación y el pillaje más descarnado. Queda sólo en la memoria colectiva la imagen de lo que fue: un espacio sin límites, lleno de junglas misteriosas con una fauna exuberante, una diversidad de ecosistemas sin igual en el mundo. Un edén salvaje e inexplorado al que intenta rendir tributo esta diminutopía. 

domingo, 6 de julio de 2014

Gulliver estuvo allí

Los Liliputienses rusos desfilan bajo Gulliver
¡Cómo no hablar del querido reino de Liliput en este blog! Ese mundo al que arribó aquel viajero sin tregua llamado Gulliver. Sus aventuras están recogidas en Los viajes de Gulliver o «viajes a algunas naciones remotas del mundo» en su título en inglés. El protagonista de la novela, escrita por Jonathan Swift en 1726, se ha convertido en un poderoso icono colectivo y ha sido llevado al cine en numerosas ocasiones, como en esta curiosa versión animada de 1939. Incluso podemos ver una versión marxista del realizador ucraniano Alexander Ptushko, realizada en 1935, o la más reciente protagonizada por Richard Harris en 1977. La última, creo, es la patochada de Hollywood de 2010 protagonizada por Jack Black sin ningún encanto ni sustancia.

Las costas de Liliput son el lugar en el que Gulliver aparece sujeto por mil pequeñas sogas cuando despierta de un violento naufragio, tras un encontronazo con piratas, tendido sobre la playa donde le han arrojado las olas. Parece ser que esta playa podría estar situada cerca de Sumatra o Australia, lo que explicaría la existencia de gentes de raza blanca en distantes islas del océano pacífico. Adjunto un mapa por si queréis ir.

Mapa de la ubicación de Liliput
Cuando despierta, descubre a unos personajes minúsculos, pero con un gran orgullo y determinación: los habitantes del reino de Liliput. Liliput posee un tamaño de 5.000 blustrugos (17,312 Km 2) y un canal de 700 metros la separa de su archienemigo reino de Blefuscu. Gulliver se gana la confianza de los liliputienses, consiguiendo ser aceptado en el reino y vivir en su capital, Mildendo (cuya planta es un cuadrado exacto, dividida en cuatro barrios, con el palacio imperial, Belfaborac, en su centro y una población de ¡medio millón de habitantes!). Bajo la protección del emperador Golbasto Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Güe, Delicia y terror del Universo (humilde personaje, como podemos deducir de su escueto nombre) Gulliver consigue ser aceptado y figurar en el quién es quién de Liliput.

Liliput y Blefuscu están en guerra permanente, guerra causada por una disputa sobre cómo cascar los huevos hervidos. (Este enfrentamiento suena muy británico, no podemos imaginar semejante motivo sugerido por un escritor que no fuera de aquel entorno). Ambos reinos (o imperios, según la narración) evocan a Reino Unido y Francia, y su discrepancia sobre cómo cascar los huevos sería un símbolo de las frecuentes desavenencias entre países tan próximos y a la vez tan distintos. No olvidemos que Jonathan Swift concibió sus obra como una sátira, muy en boga en su época, y este enfrentamiento por algo tan nimio podría ser un símbolo de eternas disputas sin solución entre los dos países (bueno, más bien entre Gran Bretaña y el resto del mundo). La obra de Swift expresa una visión muy crítica con la sociedad y la condición humana.

Imagen de la versión animada de 1939
Tras vivir (y comer, para desesperación de los liliputienses, que a duras penas consiguen llenar tan gigantesco estómago) en Liliput, se ve envuelto en una batalla más con el reino de Blefuscu. Utilizando la ventaja de su tamaño en una sigilosa empresa, consigue desarmar al estado rival robando sus barcos; pero poco después provoca el rechazo de los liliputienses al no satisfacer sus deseos de dominio absoluto sobre los rivales. Expulsado de Liliput, logra huir hasta ser rescatado por un barco que le lleva de vuelta a casa. Hasta el siguiente viaje, claro está.

jueves, 3 de julio de 2014

Diario del hombre menguante II

Mi desgraciado encuentro con la araña gigante
Parece ser que este extraño sueño que estoy viviendo continúa. Me despierto y siento mis diminutos pulmones hincharse con el aire fresco de la mañana africana. Creo que me gusta vivir aquí, instalado en un mundo hermoso, en el que -por fin- sus criaturas guardan una proporción razonable conmigo, sin tener que huir de arañas gigantescas o gatos tipo dinosaurio. Es verdad que el peligro no ha desaparecido, porque las fieras acechan, pero creedme que es preferible un león hambriento a una araña del tamaño de un edificio de cinco pisos! Además, ¡tengo tantas cosas que descubrir!


La reina de Saba?
Así que voy a explorar este continente a mi medida. En una aldea bantú, un viejo hechicero me ha contado que existe un personaje con un poder absoluto sobre la vida y la muerte, alguien con riquezas suficientes para levantar templos y ciudades fabulosas. Hablamos de la reina de Saba quien, me dijo, habita en el gran Zimbabwe, al sur del continente. Aunque otros dicen que su reino está en Etiopía. En fin, voy a ir a buscarla, puede ser un encuentro digno de recordar. Por el camino, no dejaré de ver las maravillas naturales que este mundo alberga. Allí veo una manada de cebras y gacelas...

Me encantará conocerla si tengo la suerte de ser presentado, aunque tendrán que prestarme ropa adecuada, naturalmente... Parece ser la suya una cultura muy desarrollada, y seguro que allí podré encontrar refugio y civilización para, por lo menos, dormir en un buen colchón y darme un largo baño con jabón.

Después de todo, tengo todo el tiempo del mundo. Parece ser que la radiactividad produjo en mí otros efectos además de la disminución progresiva de tamaño; creo que no envejezco. Sí, habéis leído bien, algo en mis células se niega a aceptar el paso del tiempo, y mi cara y mi cuerpo son básicamente los mismos que en el día que pasó sobre mí la maldita nube, aunque en formato micro. Otro efecto que constato es que parece ser (toco madera) que ya no voy a menguar más: es como si hubiera llegado al tamaño mínimo compatible con la vida humana. Os seguiré contando todos los efectos sorprendentes que vaya descubriendo..

No sé mucha geografía, pero como desde aquí diviso el Kilimanjaro, y hacia el norte están las tierras altas de Etiopía, Mozambique debe estar en la dirección contraria, hacia el sur… ¿Estará allí el reino de la reina de Saba, El gran Zimbabwe?

Tras agotadoras jornadas, pero llenas del placer de contemplar la vida salvaje y territorios sin explotar, he divisado las selvas de Mozambique. Pero justo cuando me dispongo a continuar el viaje, tras un reparador baño en el lago Malawi, oigo unos tambores a lo lejos… de repente, estoy rodeado por un numeroso grupo de guerreros, que me invitan amablemente a visitar su poblado, invitación que acepto mirando de reojo a sus afiladas lanzas. Según supe después, se trataba de Zulúes.
Ruinas del gran Zimbabwe
en el África diminuta

Afortunadamente, como aún no habían aparecido los británicos por allí, su enemistad hacia la raza blanca tampoco. Soy guiado con amabilidad a una zona de la selva en la que antiguos relatos situaban una civilización pretérita… lamentablemente, de ella sólo quedan ruinas, y mi deseado encuentro con la reina de Saba quedaba pospuesto hasta otra ocasión… quizá la conoceré en Etiopía, donde otras tribus sitúan su reino.

martes, 1 de julio de 2014

Netsuke: el arte de lo mínimo

La estética japonesa siempre nos ha impactado por su belleza y expresividad, y no sólo en el arte de la pintura, la escultura o la arquitectura; muchos objetos artísticos que hoy pueblan los museos fueron en su día objetos de uso cotidiano.

Imagino que algunos habréis oído hablar de los Netsuke, pequeñas (pequeñísimas, apenas unos pocos centímetros) figuras japonesas realizadas en marfil -lo siento, antiguamente no había ninguna conciencia conservacionista- o madera y que representan animales, deidades, personajes variopintos y escenas de la vida popular japonesa.

Surgidas a principios del siglo XVII, se idearon como adorno para los cordeles que cerraban las bolsas en las que, a modo de bolsillos, se llevaban los objetos pequeños de uso personal en el atuendo tradicional. Su época de esplendor fue el período EDO, la edad de oro del arte japonés.


Su valoración ha crecido desde su creación, y hoy se consideran auténticas joyas y hacen furor entre los coleccionistas, vendiéndose a precios muy elevados, sobre todo las figuras antiguas. Como no podía ser de otra forma, la firma de los artistas que los tallan acompaña a las esculturas, para indicar la autoría de estas verdaderas obras de arte.

Causa asombro pensar cómo sus autores podían tallar en esa escala personajes y objetos con un detalle tan pasmoso. Y, sobre todo, con una minuciosidad que necesita de una contemplación muy, muy atenta para valorarla, pues la riqueza de elementos es espectacular.

Los artistas japoneses lograron con ellos plasmar un bello mundo ambulante e inagotable, de una belleza íntima que invita a la contemplación. Se diría que son figuras para contemplar con los ojos y los dedos, pues su tacto sedoso se desliza entre los dedos, que van puliéndolos como el mar hace con un canto rodado.

Su leyenda llegó a occidente más tardíamente, a finales del siglo XIX, cuando empezaron a introducirse por parte de coleccionistas ansiosos de descubrir objetos insólitos de fuera de Europa. Lo cuenta magníficamente Edmund de Waal en su precioso libro La liebre con ojos de ámbar, editado en España por Acantilado.

Inmersos en un relato autobiográfico e histórico (desde los orígenes de los antepasados del escritor, que sufrieron los avatares de la convulsa Europa de finales de siglo XIX y principios del XX, hasta nuestros días), la colección de netsuke del autor se convierte, en su mínimo formato, en el sigiloso testigo de una parte crucial de la reciente historia de Europa. París, Viena, Londres… los netsuke recorren un largo y accidentado camino, entre guerras que devastaron el continente, hasta llegar finalmente a manos de quien cuenta hoy su historia. Una gran aventura engarzada al hilo de un arte de lo mínimo que a los amantes de la belleza no puede sino causarnos admiración. 

En la imagen adjunta aparecen algunos de los netsuke de la colección de la familia Ephrussi de la que habla el libro, con la liebre que da título al libro en primer plano.

En este enlace podéis ver una pequeña galería de ellos del Metropolitan Museum of Art de Nueva York.