viernes, 25 de julio de 2014

Diario del hombre menguante III

Contemplando los elefantes de Dzanga Bai
Me vais a perdonar, pero es que me he perdido por las selvas del Congo. Como recordaréis, estoy buscando a la reina de Saba, de la que se comenta por todos los poblados que tiene poderes extraordinarios. Me habían dicho que podía estar en Zimbabwe y allá que me fui, pero, como os conté, allí sólo encontré ruinas. Así que decidí a viajar hasta Etiopía, el otro lugar en el que, me decían, podía encontrarse su reino. Algún día la encontraré, no lo dudéis.

Y os preguntaréis, ¿qué empeño tiene este hombre diminuto en encontrarse con la Reina de Saba? Pues os lo voy a decir: mi mayor deseo secreto (desde este momento, secreto ya no) es pedirle que me otorgue la visión a todo color. Sueño con ver las cosas bañadas en mil colores, como deben ser en realidad. Bastante tengo con ser minúsculo como para, encima, tener que ver el mundo en blanco y negro. Si es, o no, otro efecto de la radiación, yo no lo sé. Pero creo firmemente que las cosas deben ser en color.

El gris está muy bien, y desde luego no se podía pedir otra cosa allá en 1957 cuando empezó todo este experimento con mi película El increíble hombre menguante, pero sospecho que el color existe a mi alrededor; ¿os podeís imaginar la frustración de saberse rodeado de color y no poder verlo? Pienso que los colores cambiarían mi forma de ver el mundo, tal vez sería más optimista, incluso más aventurero…

Una imagen de la reina de Saba,
siempre con su león
Pues bien, desde el sur del continente emprendí el viaje, atravesando savanas y parajes selváticos, hasta que me encontré de repente con una selva de un tamaño inimaginable, un verdadero muro verde que se extendía mucho más allá del horizonte: la jungla que bordea el río Zaire (bueno, parece que los occidentales lo llaman Congo). Como imaginaréis, estas selvas no están deshabitadas: hay animales imponentes por doquier y también tribus a las que conviene no molestar. No quise arriesgarme a un malentendido con los Kongo, pero pude ver uno de sus poblados desde mi escondite en la jungla. Incluso llegué a pasar por el santuario de elefantes llamado Dzanga Bai, en plena selva.  

Continué mi camino valerosamente entre la jungla y, tras unos días interminables entre mosquitos, los más salvajes entre los animales sin duda, ví a lo lejos una cadena de montañas, tras las cuales parece que se encuentra el lago Tanganika. Cuál no sería mi sorpresa cuando divisé a un grupo de esforzados nativos junto con exploradores europeos capitaneados por… el mismísimo Tarzán de los monos! Subían afanosamente los escarpados riscos, con el peligro de caer al vacío, como había visto yo en muchas de las películas que cuentan su vida y hazañas. ¿Sería esta una película más?

Tarzán, seguido por un explorador y varios porteadores
Siempre soñé con su mundo, sus películas, tan distintas de la mía: él en intrincadas selvas, yo en un húmedo sótano, él el rey de los leones, yo la presa de un gato.

Lamentablemente, la visión duró poco, ya que desaparecieron en las brumas de los altos picos camino del santuario de gorilas de las montañas Virunga. Tras ellos encaminé mis pasos, pues son pocas las ocasiones de hablar con occidentales por estas tierras.

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