domingo, 20 de julio de 2014

Las fuentes del Nilo


Mapa en el que se observa lo despistados
que andaban algunos sobre las fuentes del Nilo
Pocas aventuras han suscitado más empeño y desesperación que ésta: descubrir los orígenes de un río fabuloso, el Nilo, razón de ser una de las civilizaciones más refinadas y longevas del planeta: el antiguo Egipto. Un río que era un dios para las culturas que lo veneraron y, sobre todo, para los egipcios. Sus crecidas dominaban sus vidas, llenando de verdor y riqueza las cuencas del valle del mismo nombre y el delta; el resto era desheret o tierra roja. La puesta del sol por occidente al atardecer simbolizaba la muerte, y su nacimiento por oriente la resurrección; por ello, las ciudades se ubicaban siempre en la ribera Este del Nilo y las necrópolis en la orilla Oeste. Su reflejo en el cielo, la vía láctea, guió (suponemos) más de un viaje al otro mundo de sus ilustres muertos, o sea, de aquellos con posibilidades económicas de costeárselo.

Como podéis ver en la foto aérea de mi diminutopía, el Nilo discurre sinuosamente desde las tierras altas africanas hasta su delta en el mediterráneo, atravesando multitud de parajes a lo largo de sus impresionantes 42 centímetros (en mi diminutopía, claro) y 6.853 kilómetros en la realidad. Pero su curso que se ve claramente desde el aire, fue una auténtica locura descubrirlo a ras del suelo. Muchos lo intentaron, muchos murieron en el empeño. Para colmo de dificultad, en Nilo en realidad son dos: el blanco y el azul, denominados así por el diferente color de sus aguas.

El Nilo blanco había sido desde la antigüedad un río de discurrir misterioso; incluso se pensaba desde los tiempos de Ptolomeo que el río Níger era el curso alto del río.


John Hanning Speke
En realidad el Nilo blanco nace en el lago Victoria, en el que a su vez vierte sus aguas el río Kagera, siendo el origen de este río la verdadera fuente del Nilo. Pero, simplificando un poco en aras de la narración, digamos que nace en el lago Victoria. Este lago de regio (y británico) nombre fue divisado por primera vez en 1858 por el explorador John Hanning Speke, dejando atrás (enfermo) a su compañero Richard Francis Burton, que montó en cólera por la precipitada (según él) proclamación del lago como fuente del Nilo en la Real Sociedad geográfica de Londres. Speke se convirtió en un héroe y Burton fue ninguneado… menos mal que Burton, eso sí, fue el primer europeo reconocido en llegar al lago Tanganika.

Richard Francis Burton
David Livingstone intentó confirmar la tesis de Speke, pero se pasó un poco y acabó en el Congo. Finalmente sería Henry Morton Stanley quien confirmó el descubrimiento de Speke, encontrándose de paso con un Livingstone agotado al que dirigió su histórico saludo.

El Nilo azul nace en las montañas de Etiopía, en el lago Tana concretamente.

Históricamente, los orígenes del Nilo azul no se establecieron hasta los siglos XVI y XVI, cuando los europeos llegaron hasta el lago Tana. Y parece ser que fue un español, el misionero Pedro Páez, el primero en describir su origen. Y es que ya he comentado la decisiva labor de los religiosos en el descubrimiento de múltiples hitos geográficos de África; eran unos locos que, encomendándose a su dios, no reparaban en enfermedades, obstáculos, guerras o animal salvaje alguno para alcanzar sus objetivos evangelizadores. Lo que pensaron los pobres nativos, evangelizados contra su voluntad y simultáneamente sacudidos por los predicadores y los traficantes de esclavos, no lo sabemos (ya se sabe, lo importante era su alma, con su cuerpo se podía hacer negocio). Nunca imaginaron que aquellos hombrecillos de mentón apretado que llegaban a sus aldeas exhaustos, desaliñados y acribillados por los mosquitos acabarían siendo los mensajeros del desastre, para ellos y para todo su entorno natural.

El Nilo a su paso por el Egipto diminuto, con la Esfinge y las pirámides al fondo
Ambos Nilos confluyen en Jartun, en la actual Sudán, configurando un caudaloso curso que atraviesa el desierto y convierte sus orillas en casi la única fuente de vida en una tierra castigada por el sol y la arena implacables.

Como curiosidad, os cuento que lo que es navegar de principio a fin del río, sólo se ha conseguido muy recientemente; en concreto, con la expedición del sudafricano Hendrik Coetzee en el 2004. Salió de Uganda y llegó al mediterráneo 4 meses y dos semanas más tarde, gesta recogida por National Geographic. El pobre Hendrik acabó sus días en las fauces de un cocodrilo. Del Nilo.







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