lunes, 28 de marzo de 2016

El prisionero del Cielo


Vista aérea de mi maqueta de la Ciudad Prohibida

La Ciudad Prohibida
en una pintura de la dinastía Ming
Es difícil hacerse una idea de los que supuso la Ciudad Prohibida de Pekín para los atemorizados súbditos de los emperadores, que un día sí y otro también podían morir fácilmente por hambre, por guerras intestinas, intrigas palaciegas, venganzas o por simple capricho. Para casi todos los mortales (salvo para los siempre descreídos occidentales, considerados bárbaros por los chinos), en ese laberinto de palacios, salones, jardines y templos habitaba el Hijo del Cielo, y a su alrededor, bordeado por un estanque infranqueable salvo por cuatro puentes, corrían todo tipo de leyendas y rumores que alejaban cualquier posibilidad cabal de entrar sin permiso en el centro literal del mundo. Sólo la visión de su temibles muros infundía pavor y, como suele ocurrir, la imaginación es capaz de crear monstruos mucho más terribles que la minuciosa y a menudo decepcionante realidad. La sala visión del mar de tejados culminados con tejas de amarillo imperial (color exclusivo del emperador) ya provocaba en la lejanía la sensación de contemplar otro mundo.

Veinticuatro emperadores Ming y Qing (desde 1368 hasta 1911) vivieron entre sus muros. Y cada uno dejó su impronta, administrando el imperio desde sus muros convertidos, en realidad, en una formidable prisión en la que el poseedor de los destinos del pueblo chino apenas disponía de un ápice de propio albedrío: sus cargas y obligaciones eran constantes y tediosas, sus compromisos minuciosos y hasta su vida amorosa estaba sujeta a control. Sólo Pu Yi, el último emperador, vislumbró lo que significaba la libertad, apenas el tiempo suficiente para ver caer su propia corona y todo el sistema del que fue la cabeza por tan sólo unos turbulentos años.

Vista de la Puerta del Valor Espiritual,
con sus tres entradas.Tras ella se
observanlos jardines imperiales
Antes de entrar en la legendaria Ciudad Prohibida (hoy ya denominada Museo del Palacio, en el que los autobuses de turistas tienen más privilegios que los antiguos emperadores), debíais saber que el Centro estaba dedicado exclusivamente a la figura del Emperador, al igual que el color amarillo, como ya hemos dicho. Nunca, jamás, nadie salvo el Emperador podía utilizar puerta, camino o puente situado centralmente para desplazarse por la ciudad. Por ello, observaréis que hay siempre tres puertas, o tres puentes, para acceder a los centros residenciales o ceremoniales de la ciudad. Huelga decir que el camino del Centro de la ciudad pertenecía al emperador absolutamente, o sea que el eje que véis si dividís la ciudad por el centro, recorrido por un camino desde la Puerta Meridiana (Sur) hasta la Puerta del Valor Espiritual (Norte), era de tránsito exclusivo del emperador.                                                                                                  
La corte llamada Exterior del recinto palaciego,
con sus pabellones más importantes. El acceso principal
se produce por la Puerta Meridiana 
La zona denominada Corte Interior, en la que se vio recluida la
corte de Pu Yi durante 1912 - 1917
La zona de la Ciudad reservada para las grandes ceremonias  era la denominada Corte exterior. Es aquí donde se ubican los grandes pabellones desde los que el emperador ejercía sus designios. Os lo muestro en la imagen de la derecha. Más adelante, tras la revolución de 1911, el emperador fue obligado a permanecer en la zona denominada Corte Interior, aislado de su familia y rodeado de eunucos, guardas y sirvientes que le continuaban tratando como una divinidad, pero no dejaba de ser un recluso en su propio palacio, y una figura exclusicvamente simbólica fuera de él. Había dejado de ser el Hijo del Cielo.
 

Siguiendo también un modelo corporal, y contemplando siempre el palacio desde el cielo, como un cuerpo tendido, la parte izquierda pertenecía a las artes espirituales y la derecha a las marciales. Por la puerta izquierda entraban en la ciudad los magistrados, funcionarios, escribanos y artistas y por la puerta derecha los militares. La corte exterior, con los Pabellones de la Armonía Preservada, la Armonía Central y la Suprema Armonía (el más grande), constituían el centro de las actividades ceremoniales más importantes del imperio.                                                
Observaréis, como ya hemos comentado, que cinco puentes atraviesan el Río Dorado (un río artificial que discurre por el interior del palacio); sólo el del centro puede ser usado por el emperador, que normalmente nunca viajaba a pie, siempre en baldaquín. Ante su presencia, no era posible mirarle siquiera, ni directamente ni de soslayo, además de tener la obligación de arrodillarse ocho veces en signo de sumisión total para suplicar su atención en el caso de las audiencias con los grandes dignatarios.                                                                        

Pu Yi, ya exiliado
en Tian Jin en 1927
En este gran patio central es en el que se realizaban las grandes ceremonias. Acordaos, en la peli de Bertolucci, cuando el emperador niño sale corriendo y aparta una gran tela de seda amarilla para descubrir una multitud de dignatarios y enviados de todo el imperio para rendirle pleitesía.
Enviados extranjeros rindiendo tributos
ante las puertas de la Ciudad prohibida.


jueves, 24 de marzo de 2016

Nadie más solo que el Hijo del Cielo


Vista general de la Ciudad Prohibida desde la Puerta Meridiana

Aquí reposan las cenizas de mi perra Tinta
Hoy quiero anunciaros que debido a la marcha de Tinta, mi Ciudad Prohibida de Pekín mostrará algunos de sus secretos. Por lo menos los que yo he entrelazado con este pequeño mundo mientras leía y observaba imágenes de sus esplendorosos palacios e increíbles historias. Aquí todo reducido a cartón, quizá algún día a cenizas también, como ya lo estuvo la ciudad real (construida en madera) en más de una ocasión. Tras la marcha de la perra Tinta Ci Xi emperatriz, os iré contando los entresijos de uno de los palacios mayores del mundo, que fue durante siglos la sede del llamado Imperio del Centro, o sea, que no había otro sobre la tierra que pudiera disputarse su lugar. El resto del mundo, para los complacientes ojos de los súbditos chinos, era sólo algo que les rodeaba inmerso la barbarie.

La Ciudad Prohibida (así llamada por la severa prohibición de acceder a sus confines si no eras concubina o eunuco cuando se iba la luz del día) fue el palacio imperial de las dinastías chinas desde los Ming hasta los Qing. Ésta de los los Qing fue la última estirpe de emperadores y con ella se fue, abandonando para siempre las puertas de la ciudad con las lágrimas interiores que un emperador nunca debía mostrar en público,  el joven llamado Pu Yi (ya sabes, el de El último emperador, de Bernardo Bertolucci). Pero para cuando Pu Yi llegó al poder, hacía mucho que el dorado poder del dragón se había descompuesto en los entresijos de su propia corrupción y en las ávidas manos de las potencias extranjeras, que no dejaron pasar ninguna ocasión de robar a China cada trozo de tierra o recursos que hallaron al alcance de sus manos. Para colmo, el imperio británico (siempre con esa imagen tan impoluta, siempre tan ladino en realidad) obligó a los chinos (con la oposición expresa de Ci Xi, la emperatriz viuda) a permitir el comercio de opio que estaba destruyendo la sociedad china y que estaba reportando a las arcas británicas unos jugosos beneficios a costa de la humillación y el sometimiento a sus intereses de un pueblo milenario.

Emperatriz viuda Ci Xi
Abajo, a la derecha, se encuentra el palacio
en el que vivió Ci Xi en la Ciudad Prohibida
La empratriz viuda merece un libro aparte. Como detalla extensamente en su fantástico libro Ci Xí la emperatriz viuda,  la escritora Jung Chang, la define como un personaje de talla universal. Tan cruel como sus costumbres ancestrales la modelaron pero tan sagaz como su visión de futuro le permitió, emprendió desde empresas delirantes como la construcción del palacio de verano hasta la modernización del país por ferrocarril (para lo cual hubo de convencer a sus súbditos chinos de que los trenes no perturbarían la paz de los muertos por donde quiera que pasasen; sin duda alguna los muertos notaron el cambio.) En la agitada época histórica que vivió, gobernó desde las sombras (más bien tras un velo de seda a espaldas del trono del emperador) los más ínfimos detalles del imperio, eligiendo con la misma desenvoltura mujeres, generales, invasiones o claudicaciones en una desesperado intento por conservar el poder imperial. No tuvo reparo en condenar a la muerte de los Diez Mil Cortes a quien osara oponerse a su voluntad. Fácil imaginar dicha forma de ejecución si os digo que el cuerpo resultaba con el aspecto final de estar cubierto con las escamas de un pescado (y totalmente y lentamente desangrado, claro está). Ella ejerció con una lucidez en muchos casos adelantada a su tiempo un poder absoluto que se vió en la necesidad de desempeñar frente a unos emperadores aniñados o débiles mentales, cuando no decir imberbes, como el caso de Pu Yi, en el contexto de una corte convulsa de traiciones y amenazas sin fin.

Pu Yi a los dos años
¿Pero qué ocurrió con Pu Yi en realidad? Pues, tristemente Aisin-Gioro Pu Yi (su nombre completo), nacido en 1906, proclamado en en 1908 (dos días después murió la emperatriz viuda) y obligado a abandonar la ciudad púrpura en 1924 para no volver. Fue expulsado con la falsa promesa de ser fugazmente investido emperador de Manchukuo, el gobierno títere de los japoneses en Manchuria. Mal asunto y peor final, pues acabó confinado en los campos de reclusión siberianos (los rusos se pusieron de acuerdo con Japón frente a China) y finalmente pasó a servir al nuevo poder político como un humilde (y forzado) servidor a las órdenes de Mao Ze Dong. Él, que tuvo un imperio a sus pies, se conformó en sus últimos días con el puesto de conservador del palacio y, según una bonita metáfora narrada por Bertolucci, se esmeró en el cuidado de un sencillo grillo (que los chinos guardaban como mascotas) que un cortesano le había regalado siendo un niño, postrado frente al Hijo del Cielo en el patio de la Puerta de la Suprema Armonía.

Lo que cuenta el último emperador sobre su vida ( Pu Yi, yo fui emperador de china) tras una existencia envuelta en mil batallas palaciegas y en pleno terremoto político que asoló el país, no tiene desperdicio cuando habla del ritual de sus comidas, del significado reverencial de las estatuas de los animales que poblaban la ciudad prohibida y de los pasadizos interminables por los que se escabullía para huir de sus mayores y, porqué no decirlo, de su propio destino. Algunos de ellos, aún hoy en día, permanecen tapiados y se desconoce su recorrido ni a qué oscura estancia conduce de las 9.999 (siendo el 9 el número del emperador, no podía haber ni una más) de las que el palacio conectaba. Era el palacio de las conjuras, las sospechas, las intrigas y el terror a encontrar, por ejemplo, un solo pelo en el peine de le emperatriz, lo que podía significar la muerte para la negligente dama de la corte responsable de tan insustituible pérdida.

Seguiremos hablando otros días de este fantástico teatro del dolor y la soberbia humana, tan divino y esplendoroso como oscuro y tenebroso.

viernes, 18 de marzo de 2016

Diario del hombre menguante IV. Mi encuentro con Tarzan

Antes de mi marcha de África hacia las montañas de Colorado, debo reseñar un encuentro que me dejó conmocionado, pues me ví frente a frente con uno de esos héroes de la infancia que, súbitamente, descubre uno a la vuelta de una esquina (o de una espesura, se podría decir aquí con más propiedad) para percibir en su rostro las marcas de la apatía, la tristeza y casi de la locura que, aunque yo entonces ignoraba, acabaría arrastrando su vida a una institución psiquiátrica incapaz de diferenciar su personaje de su vida real.

Como os decía, por fin me encontré con él. Le había divisado a lo lejos, envuelto en las nieblas de las montañas Virunga, o las Montañas de la Luna. Tras perderle de vista unos días, estaba yo descansando a la orilla del lago Tanganika, siempre con un ojo abierto por si a los cocodrilos les entraba apetito de madrugada, cuando advertí de repente un silencio espeso, empapado mi espalda de la humedad que rezumaba del lago para posarse como un sudario sobre mis hombros. Súbitamente ningún pájaro cantaba, los hipopótamos dejaron de retarse, los antílopes levantaron sus cabezas del agua y casi pude oír las gotas que cayeron desde sus hocicos húmedos. De golpe, todo quedó inmóvil y expectante, con la respiración contenida de todos los seres y las cosas que me rodeaban.

En ese instante, una mano se posó sobre mi hombro y, cuando giré la cabeza sobresaltado, tras unos instantes de confusión, me encontré con la mirada del llamado rey de la selva. Amablemente, me invitó a sentarme y cuando empezó a hablar, no puede evitar la sensación de encontrarme con un igual, pues la tristeza une rápidamente lo que las vidas separan. Después de todo, nuestras vidas no habían sido tan diferentes y allí estábamos, en el corazón de África, contemplando la brumosa extensión de sus horizontes con nuestras miradas desprovistas de color.

Tarzan y su extraña familia
El Tarzan que conocí había nacido en 1932, en el seno de los estudios Metro Goldwyn Mayer, aunque luego me confesó que no había sido el primero, pues había otros que lo habían intentado antes que él, ya en 1918. Es verdad que me adelantó en unos años (mi biografía comienza en 1957, como ya sabéis), pero juntos compartimos el mundo en blanco y negro y la selva en la que se convirtió nuestra vida repentinamente. También ambos, casi de improviso, pasamos de los laureles del éxito al oscuro almacén en el que Hollywood guarda sus criaturas oxidadas.

Pero cuando le ví frente a mí, con su físico monumental, no puede evitar un sentimiento de pesadumbre; aunque encontrándose en todo su esplendor cinematográfico, no parecía muy feliz. ¿Qué fue de mi Baby Jane? me preguntó... ¿de Tantor, de Cheeta? ¿Dónde están mis amigos, qué vida han tenido conmigo, qué vida estarán teniendo en barracones y jaulas ajenos a sus selvas, a sus familias,? ¿qué hemos hecho con todos esos pobres animales que sólo hemos retratado para matarlos o maltratarlos frente a una cámara, obligándoles a realizar actos indignos de su naturaleza?*

«Querido Scott -me dijo- no sabes cómo ha sido mi vida. Aunque ahora me veas en estas diminutas tierras, continuando aparentemente las aventuras que me hicieron famoso, en realidad todo ha cambiado para mí y para el continente que albergó mis aventuras. Ahora soy más bien un guía turístico, nadie caza elefantes y los nativos ya no se despeñan por los acantilados; de vez en cuando vamos a tomar el té a casa de la baronesa Blixen, igualmente desprovista de sus rifles que tanto daño han hecho al continente como bien han hecho su literatura.

Tarzan y su improbable
encuentro con una sirena
Ahora comprendo el dolor que he causado, mi complicidad con la destrucción del mundo que creía defender. He sido un muñeco en manos de los estudios de cine; me aturdían con promesas de fama y dinero, ya ves, a mí que me era suficiente una cabaña en lo alto de un árbol! Pero no, me metieron en la cabeza todas esas ideas de que debía acompañarme una Jane (con lo a gusto que estábamos yo y mis animales), tener un hijo, enfrentarme a una mujer leopardo, a una sirena e incluso irme a Nueva York! Por no hablar de guiar expediciones a saquear lo más profundo de la selva, en las que matar animales y expoliar minas de diamantes era un puro entretenimiento para hacer más distraído el viaje.

Cheeta tocando la trompeta; todos parecen
divertirse menos ella
A raíz de todo aquello, los animales empezaron a desconfiar de mí. Mi compañera Cheeta sobre todo, me rompió el corazón (que en realidad se llamaba Jiggs, y que me dejó en 1938; ni siquiera acudí a su entierro, si es que lo hubo; luego he oído que en realidad murió mucho más tarde, pero ya no sé qué han podido inventar!). Tantos años haciendo tonterías por exigencias del guión, tanto tiempo junto a mí, y no fui capaz de comprender que no era un mero entretenimiento, que era un ser cariñoso y fiel que merecía un trato mejor. Como todos sus congéneres exhibidos en ferias y circos.

El pobre Tantor  (en realidad
un elefante asiático
con orejas de cartón)
Ahora vivo aquí retirado, jubilado podría decirse. Me han impuesto límites, el más importante de los cuales es la prohibición total de matar ningún animal, y también de usarlos para tareas domésticas ni transporte: se acabó Tantor elevando el ascensor a mi cabaña o los chimpancés haciendo de ejército privado por la selva.

No vivo mal, salvo cuando recuerdo el daño que hice a estas selvas y a sus habitantes, haciendo creer al mundo que eran simplemente personajes de un juego sin consecuencias, que nunca se extinguirían, que sus vidas no iban a verse afectadas por tanto safari y tanta explotación, que África era inagotable. Y ya ves ahora, sólo queda esta Diminutopía como recuerdo de lo que fue algún día.

A veces estoy tan triste, que tengo que ir a nadar un rato hasta que las lágrimas se diluyen en el agua del lago y mi pesar se sumerge en el lodo como una piedra pesada atada a mi corazón…cualquier día esa piedra no me permitirá salir a flote y dormiré en el fondo de estas aguas para siempre,  mecido por la corriente y arropado por las algas de la noche, ahora sí eterna, el cazador en su noche que ya nunca volverá a hacer daño a ningún animal».


*(Nota a pie de post: hace poco salió a la luz la noticia de que la conocida como “mona Chita” (Cheeta), famosa por sus películas de “Tarzán”, había fallecido a la avanzada edad de 80 años.
Ya que la vida de un chimpancé no suele sobrepasar los 45-50 años como máximo, es muy probable que éste no fuera el mismo primate que acompañó a Johnny Weissmüller en sus grabaciones de los años ’30, aunque sí en otras películas más actuales rodadas en la década de 1960. Se tratara o no de la “genuina” Chita, lo que sí es cierto es que para el rodaje de estas aventuras de la jungla se utilizaron a lo largo de la historia de la cinematografía a más de 10 individuos diferentes, apartados de su hábitat natural para ser duramente entrenados y forzados a “actuar” ante las cámaras para disfrute del público humano.
Al igual que Chita, un sinfín de animales no humanos han sido y son utilizados habitualmente en la industria del cine. Desconocemos el destino que sufrieron la mayoría de ellos, si bien lo más probable es que hayan acabado sus días encerrados en zoológicos, expuestos como atracciones o simplemente “eliminados” tras su vida productiva. Muchos de ellos, incluso, perecieron durante el rodaje de alguna escena.) Fuente: Igualdad Animal

miércoles, 16 de marzo de 2016

Un pequeño corazón que se ha parado


Hoy os escribo un post lleno de tristeza. Poco tiene que ver con el tema de mis pequeños personajes de cartón; se trata más bien de la añoranza de un ser que me ha acompañado durante casi 18 años de mi vida: mi perra Tinta. Es verdad que tenía la cualidad, de joven, de encontrar el más minúsculo objeto que hubiese caído al suelo para saborearlo con fruición. Quizá desde su altura se divisaba mejor el mundo diminuto al que pretendo acercarme en mis trabajos: insectos, migas de pan, gomillas del pelo, botones.. todo un tesoro de menudencias que ella descubría sigilosa pero certeramente en los oscuros rincones bajo mesas, sillas o alfombras.

Tinta se ha ido la mañana del lunes 14 de Marzo de 2016. Hace nada; aún la abrazo en el vacío. Se fue suavemente, ya de peso muy liviano, y llegó al veterinario envuelta en una manta, en mis brazos y en mi corazón, en su último paseo al centro, no del todo confiada pero resignada al fin, sin fuerzas ya para rebelarse como solía hacer cada vez que íbamos allí. Ya no podía ver, y temblaba levemente, temerosa ante el ruidoso y amenazante entorno de la Gran Vía. Pero su breve vida, breve por su pequeño tamaño, por sus pequeños deseos, por su pequeño corazón, fue fuerte sin embargo hasta el final.

Vivió sus últimos días con alguna queja casi inaudible, cuando al intentar moverse se quedaba en una postura incómoda, cuando no lograba levantarse, aunque fuese nada más que para dar dos o tres pasos tambaleantes o cuando, fruto de la disfunción cognitiva que padecía (el alzheimer de los perros) se desorientaba y aparecía atascada en cualquier rincón de la casa sin saber salir. También por las noches yo debía levantarme con frecuencia para cambiarla de postura pues ella sola no podía hacerlo, y quedaba varada con una queja casi callada, adormecida, que me despertaba más por la pena que por el exiguo sonido que emitía. Para ella, casi de repente, tan inquieta de joven, un escalón en el portal, un mueble fuera de sitio, se habían convertido en un obstáculo insalvable.



Cachorro de Chevalier
King Charles Spaniel
Tinta como Ci Xi
Era una perra pequeña, tal vez un cruce de Pekinés o de Chevalier King Charles Spaniel (durante el siglo XVI, este pequeño tipo de perro fue muy popular entre la nobleza de Inglaterra), pero también podía tener algo de Japanese Chin, como me sugirieron unos amables turistas coreanos en un paseo por Madrid; pero para mi gusto (y más a tono con mis ensoñaciones literarias) prefiero pensar que traía intacto en su genética su ilustre origen entre los muros de la Ciudad Púrpura Prohibida de Pekín. Los seguidores de este blog sabéis que tengo realizada una maqueta de la ciudad que próximamente presentaré, pero os adjunto un avance. En esta maqueta, hay oculto un pequeño retrato de Tinta en el Pabellón de la Suprema Armonía, y es un detalle que desvelo sólo ahora.



Figurita de barro
representando un perro Foo
La emperatriz Ci Xi
La edulcorada leyenda occidental cuenta que el primer pekinés que salió del palacio Imperial chino (hogar de veinticuatro emperadores desde la dinastía Ming hasta el final de la dinastía Qing, la del último y muy infeliz Pu yi) fue un regalo de la Emperatriz viuda Ci Xi a la reina Victoria del imperio británico. Estos perros, llamados Foo en su China original, se les consideraba parte de la realeza, recordándoles a los dirigentes chinos las facciones de esta raza a las de un león. Acompañaban al emperador en actos de estado, ladraban a su paso anunciando su llegada y vestían trajes ceremoniales adecuados a su rango. De hecho, su existencia no traspasaba nunca los límites del inmenso palacio imperial. Incluso, todavía en el vientre de sus madres, se les rodeaba de música y retratos de otros perros ilustres para promover en ellos atributos dignos de su estirpe y mejorar tan venerada raza.

Looty, el pekinés regalado a la reina Victoria
Otra versión de la salida del los perros Foo (o pekineses) fuera de los límites del Imperio chino (versión que deja en peor lugar a los británicos) fue que, tras arrasar el Palacio de Verano (objeto de adoración de la emperatriz viuda), tres oficiales de la tropa británica encontraron el cuerpo de la tía del emperador, que se había quitado la vida antes de ser capturada. A su alrededor, cinco perros Foo lloraban su muerte. Estos perros fueron recogidos por el ejército británico, y trasladados a Inglaterra como botín de guerra. Lord John Hay dio un par a su hermana, la duquesa de Wellington, que los llamó ‘Schloff’ y ‘Hytien’. Sir George Fitzroy tomó otro par para sus primos, el duque y la duquesa de Richmond y Gordon. El hermano de este último, Sir Algernon Gordon-Lennox y esposa, llevarían a cabo la fundación de la línea de sangre ‘Goodwood’. Y el Teniente Dunne presentó al quinto ‘perro pekinés’ a la reina Victoria, que lo bautizó como ‘Looty’. De él os ofrezco el retrato que encabeza este párrafo.

En la cruda realidad callejera de Madrid, Tinta, mi perra, a la manera de la errática Anastasia protagonizada por Ingrid Bergman y dirigida por Anatole Litvak, rodada en 1956, llegó a mi vida de un modo mucho más humilde: de origen desconocido, la encontré tras una sin duda agitada vida bajo un banco de piedra (eso sí, de la Plaza del Rey de Madrid, no podía ser de otro modo para una perra de origen imperial), un día de lluvia, mojada y rodeada de cartones y mendrugos de pan seco. No me siguió inmediatamente, pues ya de cachorra era desconfiada, pero finalmente le di la espalda y le dí a elegir: o me sigues o te quedas aquí pasando hambre y frío. Y me eligió a mí, más por pura desesperación que por un cariño repentino, naturalmente.

Luego hemos pasado tantos y tantos momentos juntos; como muestra, este paseo por el Parque de El Retiro. No os aburriré con las tantas complicidades entre un perro y su amo, con la confianza ciega del animal en su dueño, con la casa común como único lugar de la tierra en el que un perro puede sentir, como ya dijo Isak Dinesen contemplando las montañas de Ngong en su querida Kenia, en Memorias de África, "En las tierras altas te despertabas por las mañanas y pensabas: «estoy donde debo estar» 

En la casa de su amo, un perro siente que es donde debe estar, y te hace partícipe de ese sentimiento. Poco importa que las montañas de Kenia hayan sido en realidad el edificio de Telefónica y otras cordilleras de oficinas surgidas en los cauces de la Gran Vía madrileña,  y que las selvas del Kilimanjaro hayan sido reducidas a unas pocas macetas en la terraza de mi casa. Ya sabemos, en nuestro mundo de Diminutopías, que en un centímetro cabe el universo entero.


Vinieron muchos años de tribulaciones, años en los que superó enfermedades como un cáncer con quimioterapia o un glaucoma por el que perdió uno de sus ojos. Se ve que tenía temple para eso y para mucho más. La maravilla de los perros es que no se compadecen de sí mismos, y siempre salen adelante con lo que tienen, sin preguntarse por lo que les falta, sólo el cariño es el que realmente mueve sus vidas. Ella siempre fue algo reservada, no muy dada a las confianzas con desconocidos, pero pienso que no se le podía pedir una conducta muy sociable sin saber los duros meses que hubo de pasar en sus primeros tiempos de vida. Y, naturalmente, tampoco ayudaría la imperiosa necesidad de los cursos acelerados de español para una dignataria china perdida en las calles del Madrid más inhóspito.

Los últimos años de Tinta, la exiliada emperatriz madrileña, sus últimos meses, sus últimos días y minutos, han consistido para mí en una constante atención hacia su pequeña persona. Su movilidad cada vez mas dificultosa, hasta llegar a la incapacidad completa de incorporarse, han sido un ejercicio diario, a cada momento, para vigilar que tuviese la postura cómoda (ya sabes que una persona o animal no puede estar demasiado tiempo en la misma posición, eso afecta a la circulacón y en seguida es doloroso). Si conseguía levantarse, caía desde su exigua altura con un sorprendente estrépito de sus huesos contra el suelo. Masajes, electroterapia, ejercicios, dietas, medicación... en la medida de mis posibilidades he intentado que no le faltase nada, pero el proceso de la vida y la muerte es inexorable.

Yo le había puesto trozos de moqueta en su recorrido por la casa, para que se sujetase mejor al caminar, para ya ni eso le valía para tenerse en pie. Las comidas eran un problema, pues a cada rato rechazaba una nueva, y no digamos cuando era necesario darle hasta 8 pastillas de medicación envueltas en puré de patata, que a su vez había que envolver en cualquier otra cosa para que se lo tragase: paté de cerdo, mayonesa, queso (de diversos tipos), mayonesa, comida de gatos, palitos de surimi de cangrejo... la lista es infinita. Al final, en todos ellos detectaba la presencia de las pastillas y acababa escupiéndolas como un personaje de David Lynch al que repugnaba el café expreso si no estaba exactamente hecho a su gusto.

La  siesta de Tinta
Pero me quedo con sus últimos días, días de baños de sol en la terraza, con el sonido de los pájaros, el olor de las flores...  recordaré siempre la última mañana antes de llevarla a dormir. Como un personaje de Murakami, desayuné con atención plena en el día que se avecinaba, me vestí con cuidado, consciente de cada hecho, de la importancia de cada detalle, de los cordones de mis zapatos, del  jersey nuevo, de la colonia.., del desayuno para ella y para mí... a ella la limpié  con esmero con una esponja, cuidadosamente, la sequé con mimo, la cepillé, le corté las uñas y los mechones anudados. Le limpié su manta y le apliqué también un poco de colonia, la acaricié y la mimé como si fuera a un viaje. Su último viaje, en realidad. Al veterinario, el más corto y el más largo de su vida. Allí, en la consulta,  me quedé con ella mientras se dormía para no despertar, con la ayuda y el inmenso cariño de Araceli y Alicia, a las que guardo todo mi agradecimiento por el tacto y solicitud con que lo hicieron, hasta que noté cómo sus pequeñas patas se iban enfriando y eso sí que no lo pude soportar.
Sólo siento ahora la angustia de no haber estado con ella unos días más, de no haberla protegido un poco más, de no haberla envuelto en su manta naranja con más calor.
Se fue tan vulnerable, tan desconcertada, tan inconsciente de que en mis brazos se iba para no volver.

Espero que su pequeña alma viva ya conmigo para siempre.




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jueves, 10 de marzo de 2016

Hay quien entra en un laberinto para quedarse

El terror que se esconde en la diminutopía que os presento es grande; el momento que recrea la maqueta es el paseo de dos pequeños seres por un laberinto vegetal, paseo aparentemente trivial y relajado, pero que anticipa el terrible desenlace de la historia que cuenta Stanley Kubrick en una de sus geniales películas. Este en apariencia inocente paseo, recorriendo el laberinto del hotel Overlook, es el eje de la maqueta que he construido, realizada como siempre con papel, gouache y cola, entre otros materiales.

La entrada al laberinto en mi maqueta

Naturalmente, me he documentado a fondo antes de realizar la maqueta. Este laberinto que habitan mis dos pequeños protagonistas no es otro que una recreación del que aparece en la película El Resplandor (The shinning, 1980). Como recordaréis, hay una escena impactante en la que Torrance (interpretado por Jack Nicholson) contempla como un dios colérico e inmisericorde a sus criaturas deambular por el laberinto del Hotel Overlook; pero el genial Kubrick lo interpreta fundiendo el laberinto real (donde se encuentran su mujer y su hijo) con la maqueta situada en el hall del hotel, que es el que realmente contempla Jack. A su vez, se superpone en la imagen (hablaré en otro post de ello) una maqueta idealizada, infinita, con los pasillos de su mente entrelazados hasta el infinito. Su mirada desquiciada sobrevuela la maqueta y no sabemos qué esconde su cerebro, pero podemos adivinar que nada bueno para Wendy (su mujer) y Danny, su hijo con poderes extrasensoriales que son la causa de su extraño comportamiento y, finalmente, de su salvación.

Como roedores en una jaula siguiendo pasillos sin salida, madre e hijo pretenden divertirse fingiendo ignorar el sentimiento de inquietud que todo laberinto provoca; es un juego ambiguo, de sonrisas forzadas, de alegría que es más excitación y desconcierto que verdadero disfrute, un juego en el que nos sentimos retados y al mismo tiempo un tanto desamparados ante la perspectiva de no encontrar nunca la salida. Lo que empieza como una diversión inocente, pronto se convierte en una pesadilla para los protagonistas de la película, y el laberinto en un símbolo de sus vidas acechadas por la locura de una personaje que supuestamente es su protector. Sí, hablamos de Jack Torrance,  aquel novelista cuya única obra (aún sin publicar)  consiste en repetir hasta la locura el refrán All work and no play, makes Jack a dull boy. Es lo que le pasa al pobre.

Para mi es una de las mejores películas de este director, y ha dado lugar a infinidad de interpretaciones y anécdotas que son, por sí mismas, una película aparte. El documental ROOM 237 da cuenta de ellas, ofreciendo una pintoresca (y a veces inquietante)  galería de despropósitos (o no) inspirados por la película. Caben todo tipo de especulaciones y lecturas esotéricas, y en realidad muestra el impacto que esta película lleva produciendo durante generaciones. Minotauros, Nazismo, referencias a 2001 space Odity... hasta el dibujo de la moqueta de los pasillos del hotel tiene mensaje oculto.. hay quien sostiene que, vista al revés, la diabólica película ofrece otra lectura... todo tipo de conjeturas y lecturas subliminales que ha despertado esta magistral obra aparecen en este documental un tanto desquiciado. Eso sí, no lo he conseguido doblado al español, tendréis que verlo en inglés o francés.

Os dejo aquí el impresionante trailer oficial de este desasosegante documental (me encanta):


Por cierto, el documental también repara en que Kubrick cambió el número de habitación que aparece en la novela del mismo nombre en que se basa la película, publicada por Stephen King. En la novela, era la habitación 217. ¿Por qué cambió Kubrick el número? Otro misterio más...

Como guinda, la película ofrece un final más que abierto, con la cámara recorriendo el hall del precioso hotel para centrarse en una foto que, supuestamente, siempre estuvo allí: la de la fiesta de navidad del Hotel Overlook en 1921... ¿quién aparece en ella en lugar muy destacado? quién iba a ser... ¿quién es realmente (o fue) Jack Torrance?


Os recomiendo vivamente la visión de este film, impactante visualmente y con la acostumbrada y a ratos exasperante pulcritud que este director imponía a todos sus trabajos, fueran del género que fuesen.

Bienvenidos al Hotel Overlook, cerca de Sidewinder, Colorado, y más cerca aún de tus peores pesadillas.

jueves, 3 de marzo de 2016

Little people de otros planetas

Además de la inquietante existencia de los seres que nos describe Haruki Murakami en su novela 1Q84, parece que hay otra little people por el universo… o sea, que además de ser muy pequeños están muy, muy lejos.

La nave aterriza en un valle
de otro planeta...
Concretamente, en un planeta que aparece en la serie de televisión Twilight zone (o zona del crepúsculo) emitida allá por el lejanísimo también año 1962 (yo tenía dos añitos y el hombre aún no había pisado la luna). En uno de sus episodios, los astronautas Fletcher y Craig van a parar a un planeta desconocido para reparar su nave. Cuando inspeccionan el lugar, descubren una ciudad poblada por gente del tamaño de las hormigas. La infeliz little people que la habita pronto descubrirá cómo se las gasta un terrícola cuando nada le frena.

El pie de Craig
haciendo de las suyas...
Al igual que nosotros hacemos con los pequeños insectos, Craig se divierte aplastando sus edificios, proclamándose Dios (un ejercicio bastante fácil de superioridad sobre los más débiles, sentimiento al que la raza humana es tan inclinada). Fletcher se detiene de momento, pero no puede evitar que a su compañero se le vaya la olla (bastante) y exija a sus sometidos y aterrorizados súbditos que le erijan una estatua a tamaño natural. Su locura sigue en aumento y finalmente despide al otro tripulante de la misión diciéndole que no hay espacio en el planeta para dos dioses.

La estatua
Fletcher se va… pero de repente una nueva nave aterriza sobre el planeta. Dos astronautas, grandes como montañas, aparecen en el horizonte. Con la mala suerte para Craig (ya sabes, el que se creía dios) de que uno de los nuevos exploradores le coge con curiosidad pero no puede evitar aplastarlo… circunstancia que celebran alborozados la little people del planeta derribando la estatua del cruel hombre del espacio que se creyó su dios y les había exigido tan lamentable tributo.
Los nuevos dioses

Como veis, una parábola en la que los tamaños demuestran ser relativos y la crueldad, natural en el ser humano, además de bastante gratuita se revela dañina e inútil. No os preocupéis, que yo no exigiré nunca una estatua a mis pequeños habitantes de las diminutopías...