viernes, 18 de marzo de 2016

Diario del hombre menguante IV. Mi encuentro con Tarzan

Antes de mi marcha de África hacia las montañas de Colorado, debo reseñar un encuentro que me dejó conmocionado, pues me ví frente a frente con uno de esos héroes de la infancia que, súbitamente, descubre uno a la vuelta de una esquina (o de una espesura, se podría decir aquí con más propiedad) para percibir en su rostro las marcas de la apatía, la tristeza y casi de la locura que, aunque yo entonces ignoraba, acabaría arrastrando su vida a una institución psiquiátrica incapaz de diferenciar su personaje de su vida real.

Como os decía, por fin me encontré con él. Le había divisado a lo lejos, envuelto en las nieblas de las montañas Virunga, o las Montañas de la Luna. Tras perderle de vista unos días, estaba yo descansando a la orilla del lago Tanganika, siempre con un ojo abierto por si a los cocodrilos les entraba apetito de madrugada, cuando advertí de repente un silencio espeso, empapado mi espalda de la humedad que rezumaba del lago para posarse como un sudario sobre mis hombros. Súbitamente ningún pájaro cantaba, los hipopótamos dejaron de retarse, los antílopes levantaron sus cabezas del agua y casi pude oír las gotas que cayeron desde sus hocicos húmedos. De golpe, todo quedó inmóvil y expectante, con la respiración contenida de todos los seres y las cosas que me rodeaban.

En ese instante, una mano se posó sobre mi hombro y, cuando giré la cabeza sobresaltado, tras unos instantes de confusión, me encontré con la mirada del llamado rey de la selva. Amablemente, me invitó a sentarme y cuando empezó a hablar, no puede evitar la sensación de encontrarme con un igual, pues la tristeza une rápidamente lo que las vidas separan. Después de todo, nuestras vidas no habían sido tan diferentes y allí estábamos, en el corazón de África, contemplando la brumosa extensión de sus horizontes con nuestras miradas desprovistas de color.

Tarzan y su extraña familia
El Tarzan que conocí había nacido en 1932, en el seno de los estudios Metro Goldwyn Mayer, aunque luego me confesó que no había sido el primero, pues había otros que lo habían intentado antes que él, ya en 1918. Es verdad que me adelantó en unos años (mi biografía comienza en 1957, como ya sabéis), pero juntos compartimos el mundo en blanco y negro y la selva en la que se convirtió nuestra vida repentinamente. También ambos, casi de improviso, pasamos de los laureles del éxito al oscuro almacén en el que Hollywood guarda sus criaturas oxidadas.

Pero cuando le ví frente a mí, con su físico monumental, no puede evitar un sentimiento de pesadumbre; aunque encontrándose en todo su esplendor cinematográfico, no parecía muy feliz. ¿Qué fue de mi Baby Jane? me preguntó... ¿de Tantor, de Cheeta? ¿Dónde están mis amigos, qué vida han tenido conmigo, qué vida estarán teniendo en barracones y jaulas ajenos a sus selvas, a sus familias,? ¿qué hemos hecho con todos esos pobres animales que sólo hemos retratado para matarlos o maltratarlos frente a una cámara, obligándoles a realizar actos indignos de su naturaleza?*

«Querido Scott -me dijo- no sabes cómo ha sido mi vida. Aunque ahora me veas en estas diminutas tierras, continuando aparentemente las aventuras que me hicieron famoso, en realidad todo ha cambiado para mí y para el continente que albergó mis aventuras. Ahora soy más bien un guía turístico, nadie caza elefantes y los nativos ya no se despeñan por los acantilados; de vez en cuando vamos a tomar el té a casa de la baronesa Blixen, igualmente desprovista de sus rifles que tanto daño han hecho al continente como bien han hecho su literatura.

Tarzan y su improbable
encuentro con una sirena
Ahora comprendo el dolor que he causado, mi complicidad con la destrucción del mundo que creía defender. He sido un muñeco en manos de los estudios de cine; me aturdían con promesas de fama y dinero, ya ves, a mí que me era suficiente una cabaña en lo alto de un árbol! Pero no, me metieron en la cabeza todas esas ideas de que debía acompañarme una Jane (con lo a gusto que estábamos yo y mis animales), tener un hijo, enfrentarme a una mujer leopardo, a una sirena e incluso irme a Nueva York! Por no hablar de guiar expediciones a saquear lo más profundo de la selva, en las que matar animales y expoliar minas de diamantes era un puro entretenimiento para hacer más distraído el viaje.

Cheeta tocando la trompeta; todos parecen
divertirse menos ella
A raíz de todo aquello, los animales empezaron a desconfiar de mí. Mi compañera Cheeta sobre todo, me rompió el corazón (que en realidad se llamaba Jiggs, y que me dejó en 1938; ni siquiera acudí a su entierro, si es que lo hubo; luego he oído que en realidad murió mucho más tarde, pero ya no sé qué han podido inventar!). Tantos años haciendo tonterías por exigencias del guión, tanto tiempo junto a mí, y no fui capaz de comprender que no era un mero entretenimiento, que era un ser cariñoso y fiel que merecía un trato mejor. Como todos sus congéneres exhibidos en ferias y circos.

El pobre Tantor  (en realidad
un elefante asiático
con orejas de cartón)
Ahora vivo aquí retirado, jubilado podría decirse. Me han impuesto límites, el más importante de los cuales es la prohibición total de matar ningún animal, y también de usarlos para tareas domésticas ni transporte: se acabó Tantor elevando el ascensor a mi cabaña o los chimpancés haciendo de ejército privado por la selva.

No vivo mal, salvo cuando recuerdo el daño que hice a estas selvas y a sus habitantes, haciendo creer al mundo que eran simplemente personajes de un juego sin consecuencias, que nunca se extinguirían, que sus vidas no iban a verse afectadas por tanto safari y tanta explotación, que África era inagotable. Y ya ves ahora, sólo queda esta Diminutopía como recuerdo de lo que fue algún día.

A veces estoy tan triste, que tengo que ir a nadar un rato hasta que las lágrimas se diluyen en el agua del lago y mi pesar se sumerge en el lodo como una piedra pesada atada a mi corazón…cualquier día esa piedra no me permitirá salir a flote y dormiré en el fondo de estas aguas para siempre,  mecido por la corriente y arropado por las algas de la noche, ahora sí eterna, el cazador en su noche que ya nunca volverá a hacer daño a ningún animal».


*(Nota a pie de post: hace poco salió a la luz la noticia de que la conocida como “mona Chita” (Cheeta), famosa por sus películas de “Tarzán”, había fallecido a la avanzada edad de 80 años.
Ya que la vida de un chimpancé no suele sobrepasar los 45-50 años como máximo, es muy probable que éste no fuera el mismo primate que acompañó a Johnny Weissmüller en sus grabaciones de los años ’30, aunque sí en otras películas más actuales rodadas en la década de 1960. Se tratara o no de la “genuina” Chita, lo que sí es cierto es que para el rodaje de estas aventuras de la jungla se utilizaron a lo largo de la historia de la cinematografía a más de 10 individuos diferentes, apartados de su hábitat natural para ser duramente entrenados y forzados a “actuar” ante las cámaras para disfrute del público humano.
Al igual que Chita, un sinfín de animales no humanos han sido y son utilizados habitualmente en la industria del cine. Desconocemos el destino que sufrieron la mayoría de ellos, si bien lo más probable es que hayan acabado sus días encerrados en zoológicos, expuestos como atracciones o simplemente “eliminados” tras su vida productiva. Muchos de ellos, incluso, perecieron durante el rodaje de alguna escena.) Fuente: Igualdad Animal

1 comentario:

  1. "La noche del cazador" es una maravillosa y dramática película que vi gracias a tu recomendación. Muchas gracias.
    Tu blog es interesantísimo; cualquier comentario solo puede ser de alabanza; aportar novedades e intereses es muy pretencioso.
    Feliz semana

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