lunes, 28 de marzo de 2016

El prisionero del Cielo


Vista aérea de mi maqueta de la Ciudad Prohibida

La Ciudad Prohibida
en una pintura de la dinastía Ming
Es difícil hacerse una idea de los que supuso la Ciudad Prohibida de Pekín para los atemorizados súbditos de los emperadores, que un día sí y otro también podían morir fácilmente por hambre, por guerras intestinas, intrigas palaciegas, venganzas o por simple capricho. Para casi todos los mortales (salvo para los siempre descreídos occidentales, considerados bárbaros por los chinos), en ese laberinto de palacios, salones, jardines y templos habitaba el Hijo del Cielo, y a su alrededor, bordeado por un estanque infranqueable salvo por cuatro puentes, corrían todo tipo de leyendas y rumores que alejaban cualquier posibilidad cabal de entrar sin permiso en el centro literal del mundo. Sólo la visión de su temibles muros infundía pavor y, como suele ocurrir, la imaginación es capaz de crear monstruos mucho más terribles que la minuciosa y a menudo decepcionante realidad. La sala visión del mar de tejados culminados con tejas de amarillo imperial (color exclusivo del emperador) ya provocaba en la lejanía la sensación de contemplar otro mundo.

Veinticuatro emperadores Ming y Qing (desde 1368 hasta 1911) vivieron entre sus muros. Y cada uno dejó su impronta, administrando el imperio desde sus muros convertidos, en realidad, en una formidable prisión en la que el poseedor de los destinos del pueblo chino apenas disponía de un ápice de propio albedrío: sus cargas y obligaciones eran constantes y tediosas, sus compromisos minuciosos y hasta su vida amorosa estaba sujeta a control. Sólo Pu Yi, el último emperador, vislumbró lo que significaba la libertad, apenas el tiempo suficiente para ver caer su propia corona y todo el sistema del que fue la cabeza por tan sólo unos turbulentos años.

Vista de la Puerta del Valor Espiritual,
con sus tres entradas.Tras ella se
observanlos jardines imperiales
Antes de entrar en la legendaria Ciudad Prohibida (hoy ya denominada Museo del Palacio, en el que los autobuses de turistas tienen más privilegios que los antiguos emperadores), debíais saber que el Centro estaba dedicado exclusivamente a la figura del Emperador, al igual que el color amarillo, como ya hemos dicho. Nunca, jamás, nadie salvo el Emperador podía utilizar puerta, camino o puente situado centralmente para desplazarse por la ciudad. Por ello, observaréis que hay siempre tres puertas, o tres puentes, para acceder a los centros residenciales o ceremoniales de la ciudad. Huelga decir que el camino del Centro de la ciudad pertenecía al emperador absolutamente, o sea que el eje que véis si dividís la ciudad por el centro, recorrido por un camino desde la Puerta Meridiana (Sur) hasta la Puerta del Valor Espiritual (Norte), era de tránsito exclusivo del emperador.                                                                                                  
La corte llamada Exterior del recinto palaciego,
con sus pabellones más importantes. El acceso principal
se produce por la Puerta Meridiana 
La zona denominada Corte Interior, en la que se vio recluida la
corte de Pu Yi durante 1912 - 1917
La zona de la Ciudad reservada para las grandes ceremonias  era la denominada Corte exterior. Es aquí donde se ubican los grandes pabellones desde los que el emperador ejercía sus designios. Os lo muestro en la imagen de la derecha. Más adelante, tras la revolución de 1911, el emperador fue obligado a permanecer en la zona denominada Corte Interior, aislado de su familia y rodeado de eunucos, guardas y sirvientes que le continuaban tratando como una divinidad, pero no dejaba de ser un recluso en su propio palacio, y una figura exclusicvamente simbólica fuera de él. Había dejado de ser el Hijo del Cielo.
 

Siguiendo también un modelo corporal, y contemplando siempre el palacio desde el cielo, como un cuerpo tendido, la parte izquierda pertenecía a las artes espirituales y la derecha a las marciales. Por la puerta izquierda entraban en la ciudad los magistrados, funcionarios, escribanos y artistas y por la puerta derecha los militares. La corte exterior, con los Pabellones de la Armonía Preservada, la Armonía Central y la Suprema Armonía (el más grande), constituían el centro de las actividades ceremoniales más importantes del imperio.                                                
Observaréis, como ya hemos comentado, que cinco puentes atraviesan el Río Dorado (un río artificial que discurre por el interior del palacio); sólo el del centro puede ser usado por el emperador, que normalmente nunca viajaba a pie, siempre en baldaquín. Ante su presencia, no era posible mirarle siquiera, ni directamente ni de soslayo, además de tener la obligación de arrodillarse ocho veces en signo de sumisión total para suplicar su atención en el caso de las audiencias con los grandes dignatarios.                                                                        

Pu Yi, ya exiliado
en Tian Jin en 1927
En este gran patio central es en el que se realizaban las grandes ceremonias. Acordaos, en la peli de Bertolucci, cuando el emperador niño sale corriendo y aparta una gran tela de seda amarilla para descubrir una multitud de dignatarios y enviados de todo el imperio para rendirle pleitesía.
Enviados extranjeros rindiendo tributos
ante las puertas de la Ciudad prohibida.


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