jueves, 24 de marzo de 2016

Nadie más solo que el Hijo del Cielo


Vista general de la Ciudad Prohibida desde la Puerta Meridiana

Aquí reposan las cenizas de mi perra Tinta
Hoy quiero anunciaros que debido a la marcha de Tinta, mi Ciudad Prohibida de Pekín mostrará algunos de sus secretos. Por lo menos los que yo he entrelazado con este pequeño mundo mientras leía y observaba imágenes de sus esplendorosos palacios e increíbles historias. Aquí todo reducido a cartón, quizá algún día a cenizas también, como ya lo estuvo la ciudad real (construida en madera) en más de una ocasión. Tras la marcha de la perra Tinta Ci Xi emperatriz, os iré contando los entresijos de uno de los palacios mayores del mundo, que fue durante siglos la sede del llamado Imperio del Centro, o sea, que no había otro sobre la tierra que pudiera disputarse su lugar. El resto del mundo, para los complacientes ojos de los súbditos chinos, era sólo algo que les rodeaba inmerso la barbarie.

La Ciudad Prohibida (así llamada por la severa prohibición de acceder a sus confines si no eras concubina o eunuco cuando se iba la luz del día) fue el palacio imperial de las dinastías chinas desde los Ming hasta los Qing. Ésta de los los Qing fue la última estirpe de emperadores y con ella se fue, abandonando para siempre las puertas de la ciudad con las lágrimas interiores que un emperador nunca debía mostrar en público,  el joven llamado Pu Yi (ya sabes, el de El último emperador, de Bernardo Bertolucci). Pero para cuando Pu Yi llegó al poder, hacía mucho que el dorado poder del dragón se había descompuesto en los entresijos de su propia corrupción y en las ávidas manos de las potencias extranjeras, que no dejaron pasar ninguna ocasión de robar a China cada trozo de tierra o recursos que hallaron al alcance de sus manos. Para colmo, el imperio británico (siempre con esa imagen tan impoluta, siempre tan ladino en realidad) obligó a los chinos (con la oposición expresa de Ci Xi, la emperatriz viuda) a permitir el comercio de opio que estaba destruyendo la sociedad china y que estaba reportando a las arcas británicas unos jugosos beneficios a costa de la humillación y el sometimiento a sus intereses de un pueblo milenario.

Emperatriz viuda Ci Xi
Abajo, a la derecha, se encuentra el palacio
en el que vivió Ci Xi en la Ciudad Prohibida
La empratriz viuda merece un libro aparte. Como detalla extensamente en su fantástico libro Ci Xí la emperatriz viuda,  la escritora Jung Chang, la define como un personaje de talla universal. Tan cruel como sus costumbres ancestrales la modelaron pero tan sagaz como su visión de futuro le permitió, emprendió desde empresas delirantes como la construcción del palacio de verano hasta la modernización del país por ferrocarril (para lo cual hubo de convencer a sus súbditos chinos de que los trenes no perturbarían la paz de los muertos por donde quiera que pasasen; sin duda alguna los muertos notaron el cambio.) En la agitada época histórica que vivió, gobernó desde las sombras (más bien tras un velo de seda a espaldas del trono del emperador) los más ínfimos detalles del imperio, eligiendo con la misma desenvoltura mujeres, generales, invasiones o claudicaciones en una desesperado intento por conservar el poder imperial. No tuvo reparo en condenar a la muerte de los Diez Mil Cortes a quien osara oponerse a su voluntad. Fácil imaginar dicha forma de ejecución si os digo que el cuerpo resultaba con el aspecto final de estar cubierto con las escamas de un pescado (y totalmente y lentamente desangrado, claro está). Ella ejerció con una lucidez en muchos casos adelantada a su tiempo un poder absoluto que se vió en la necesidad de desempeñar frente a unos emperadores aniñados o débiles mentales, cuando no decir imberbes, como el caso de Pu Yi, en el contexto de una corte convulsa de traiciones y amenazas sin fin.

Pu Yi a los dos años
¿Pero qué ocurrió con Pu Yi en realidad? Pues, tristemente Aisin-Gioro Pu Yi (su nombre completo), nacido en 1906, proclamado en en 1908 (dos días después murió la emperatriz viuda) y obligado a abandonar la ciudad púrpura en 1924 para no volver. Fue expulsado con la falsa promesa de ser fugazmente investido emperador de Manchukuo, el gobierno títere de los japoneses en Manchuria. Mal asunto y peor final, pues acabó confinado en los campos de reclusión siberianos (los rusos se pusieron de acuerdo con Japón frente a China) y finalmente pasó a servir al nuevo poder político como un humilde (y forzado) servidor a las órdenes de Mao Ze Dong. Él, que tuvo un imperio a sus pies, se conformó en sus últimos días con el puesto de conservador del palacio y, según una bonita metáfora narrada por Bertolucci, se esmeró en el cuidado de un sencillo grillo (que los chinos guardaban como mascotas) que un cortesano le había regalado siendo un niño, postrado frente al Hijo del Cielo en el patio de la Puerta de la Suprema Armonía.

Lo que cuenta el último emperador sobre su vida ( Pu Yi, yo fui emperador de china) tras una existencia envuelta en mil batallas palaciegas y en pleno terremoto político que asoló el país, no tiene desperdicio cuando habla del ritual de sus comidas, del significado reverencial de las estatuas de los animales que poblaban la ciudad prohibida y de los pasadizos interminables por los que se escabullía para huir de sus mayores y, porqué no decirlo, de su propio destino. Algunos de ellos, aún hoy en día, permanecen tapiados y se desconoce su recorrido ni a qué oscura estancia conduce de las 9.999 (siendo el 9 el número del emperador, no podía haber ni una más) de las que el palacio conectaba. Era el palacio de las conjuras, las sospechas, las intrigas y el terror a encontrar, por ejemplo, un solo pelo en el peine de le emperatriz, lo que podía significar la muerte para la negligente dama de la corte responsable de tan insustituible pérdida.

Seguiremos hablando otros días de este fantástico teatro del dolor y la soberbia humana, tan divino y esplendoroso como oscuro y tenebroso.

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