miércoles, 16 de marzo de 2016

Un pequeño corazón que se ha parado


Hoy os escribo un post lleno de tristeza. Poco tiene que ver con el tema de mis pequeños personajes de cartón; se trata más bien de la añoranza de un ser que me ha acompañado durante casi 18 años de mi vida: mi perra Tinta. Es verdad que tenía la cualidad, de joven, de encontrar el más minúsculo objeto que hubiese caído al suelo para saborearlo con fruición. Quizá desde su altura se divisaba mejor el mundo diminuto al que pretendo acercarme en mis trabajos: insectos, migas de pan, gomillas del pelo, botones.. todo un tesoro de menudencias que ella descubría sigilosa pero certeramente en los oscuros rincones bajo mesas, sillas o alfombras.

Tinta se ha ido la mañana del lunes 14 de Marzo de 2016. Hace nada; aún la abrazo en el vacío. Se fue suavemente, ya de peso muy liviano, y llegó al veterinario envuelta en una manta, en mis brazos y en mi corazón, en su último paseo al centro, no del todo confiada pero resignada al fin, sin fuerzas ya para rebelarse como solía hacer cada vez que íbamos allí. Ya no podía ver, y temblaba levemente, temerosa ante el ruidoso y amenazante entorno de la Gran Vía. Pero su breve vida, breve por su pequeño tamaño, por sus pequeños deseos, por su pequeño corazón, fue fuerte sin embargo hasta el final.

Vivió sus últimos días con alguna queja casi inaudible, cuando al intentar moverse se quedaba en una postura incómoda, cuando no lograba levantarse, aunque fuese nada más que para dar dos o tres pasos tambaleantes o cuando, fruto de la disfunción cognitiva que padecía (el alzheimer de los perros) se desorientaba y aparecía atascada en cualquier rincón de la casa sin saber salir. También por las noches yo debía levantarme con frecuencia para cambiarla de postura pues ella sola no podía hacerlo, y quedaba varada con una queja casi callada, adormecida, que me despertaba más por la pena que por el exiguo sonido que emitía. Para ella, casi de repente, tan inquieta de joven, un escalón en el portal, un mueble fuera de sitio, se habían convertido en un obstáculo insalvable.



Cachorro de Chevalier
King Charles Spaniel
Tinta como Ci Xi
Era una perra pequeña, tal vez un cruce de Pekinés o de Chevalier King Charles Spaniel (durante el siglo XVI, este pequeño tipo de perro fue muy popular entre la nobleza de Inglaterra), pero también podía tener algo de Japanese Chin, como me sugirieron unos amables turistas coreanos en un paseo por Madrid; pero para mi gusto (y más a tono con mis ensoñaciones literarias) prefiero pensar que traía intacto en su genética su ilustre origen entre los muros de la Ciudad Púrpura Prohibida de Pekín. Los seguidores de este blog sabéis que tengo realizada una maqueta de la ciudad que próximamente presentaré, pero os adjunto un avance. En esta maqueta, hay oculto un pequeño retrato de Tinta en el Pabellón de la Suprema Armonía, y es un detalle que desvelo sólo ahora.



Figurita de barro
representando un perro Foo
La emperatriz Ci Xi
La edulcorada leyenda occidental cuenta que el primer pekinés que salió del palacio Imperial chino (hogar de veinticuatro emperadores desde la dinastía Ming hasta el final de la dinastía Qing, la del último y muy infeliz Pu yi) fue un regalo de la Emperatriz viuda Ci Xi a la reina Victoria del imperio británico. Estos perros, llamados Foo en su China original, se les consideraba parte de la realeza, recordándoles a los dirigentes chinos las facciones de esta raza a las de un león. Acompañaban al emperador en actos de estado, ladraban a su paso anunciando su llegada y vestían trajes ceremoniales adecuados a su rango. De hecho, su existencia no traspasaba nunca los límites del inmenso palacio imperial. Incluso, todavía en el vientre de sus madres, se les rodeaba de música y retratos de otros perros ilustres para promover en ellos atributos dignos de su estirpe y mejorar tan venerada raza.

Looty, el pekinés regalado a la reina Victoria
Otra versión de la salida del los perros Foo (o pekineses) fuera de los límites del Imperio chino (versión que deja en peor lugar a los británicos) fue que, tras arrasar el Palacio de Verano (objeto de adoración de la emperatriz viuda), tres oficiales de la tropa británica encontraron el cuerpo de la tía del emperador, que se había quitado la vida antes de ser capturada. A su alrededor, cinco perros Foo lloraban su muerte. Estos perros fueron recogidos por el ejército británico, y trasladados a Inglaterra como botín de guerra. Lord John Hay dio un par a su hermana, la duquesa de Wellington, que los llamó ‘Schloff’ y ‘Hytien’. Sir George Fitzroy tomó otro par para sus primos, el duque y la duquesa de Richmond y Gordon. El hermano de este último, Sir Algernon Gordon-Lennox y esposa, llevarían a cabo la fundación de la línea de sangre ‘Goodwood’. Y el Teniente Dunne presentó al quinto ‘perro pekinés’ a la reina Victoria, que lo bautizó como ‘Looty’. De él os ofrezco el retrato que encabeza este párrafo.

En la cruda realidad callejera de Madrid, Tinta, mi perra, a la manera de la errática Anastasia protagonizada por Ingrid Bergman y dirigida por Anatole Litvak, rodada en 1956, llegó a mi vida de un modo mucho más humilde: de origen desconocido, la encontré tras una sin duda agitada vida bajo un banco de piedra (eso sí, de la Plaza del Rey de Madrid, no podía ser de otro modo para una perra de origen imperial), un día de lluvia, mojada y rodeada de cartones y mendrugos de pan seco. No me siguió inmediatamente, pues ya de cachorra era desconfiada, pero finalmente le di la espalda y le dí a elegir: o me sigues o te quedas aquí pasando hambre y frío. Y me eligió a mí, más por pura desesperación que por un cariño repentino, naturalmente.

Luego hemos pasado tantos y tantos momentos juntos; como muestra, este paseo por el Parque de El Retiro. No os aburriré con las tantas complicidades entre un perro y su amo, con la confianza ciega del animal en su dueño, con la casa común como único lugar de la tierra en el que un perro puede sentir, como ya dijo Isak Dinesen contemplando las montañas de Ngong en su querida Kenia, en Memorias de África, "En las tierras altas te despertabas por las mañanas y pensabas: «estoy donde debo estar» 

En la casa de su amo, un perro siente que es donde debe estar, y te hace partícipe de ese sentimiento. Poco importa que las montañas de Kenia hayan sido en realidad el edificio de Telefónica y otras cordilleras de oficinas surgidas en los cauces de la Gran Vía madrileña,  y que las selvas del Kilimanjaro hayan sido reducidas a unas pocas macetas en la terraza de mi casa. Ya sabemos, en nuestro mundo de Diminutopías, que en un centímetro cabe el universo entero.


Vinieron muchos años de tribulaciones, años en los que superó enfermedades como un cáncer con quimioterapia o un glaucoma por el que perdió uno de sus ojos. Se ve que tenía temple para eso y para mucho más. La maravilla de los perros es que no se compadecen de sí mismos, y siempre salen adelante con lo que tienen, sin preguntarse por lo que les falta, sólo el cariño es el que realmente mueve sus vidas. Ella siempre fue algo reservada, no muy dada a las confianzas con desconocidos, pero pienso que no se le podía pedir una conducta muy sociable sin saber los duros meses que hubo de pasar en sus primeros tiempos de vida. Y, naturalmente, tampoco ayudaría la imperiosa necesidad de los cursos acelerados de español para una dignataria china perdida en las calles del Madrid más inhóspito.

Los últimos años de Tinta, la exiliada emperatriz madrileña, sus últimos meses, sus últimos días y minutos, han consistido para mí en una constante atención hacia su pequeña persona. Su movilidad cada vez mas dificultosa, hasta llegar a la incapacidad completa de incorporarse, han sido un ejercicio diario, a cada momento, para vigilar que tuviese la postura cómoda (ya sabes que una persona o animal no puede estar demasiado tiempo en la misma posición, eso afecta a la circulacón y en seguida es doloroso). Si conseguía levantarse, caía desde su exigua altura con un sorprendente estrépito de sus huesos contra el suelo. Masajes, electroterapia, ejercicios, dietas, medicación... en la medida de mis posibilidades he intentado que no le faltase nada, pero el proceso de la vida y la muerte es inexorable.

Yo le había puesto trozos de moqueta en su recorrido por la casa, para que se sujetase mejor al caminar, para ya ni eso le valía para tenerse en pie. Las comidas eran un problema, pues a cada rato rechazaba una nueva, y no digamos cuando era necesario darle hasta 8 pastillas de medicación envueltas en puré de patata, que a su vez había que envolver en cualquier otra cosa para que se lo tragase: paté de cerdo, mayonesa, queso (de diversos tipos), mayonesa, comida de gatos, palitos de surimi de cangrejo... la lista es infinita. Al final, en todos ellos detectaba la presencia de las pastillas y acababa escupiéndolas como un personaje de David Lynch al que repugnaba el café expreso si no estaba exactamente hecho a su gusto.

La  siesta de Tinta
Pero me quedo con sus últimos días, días de baños de sol en la terraza, con el sonido de los pájaros, el olor de las flores...  recordaré siempre la última mañana antes de llevarla a dormir. Como un personaje de Murakami, desayuné con atención plena en el día que se avecinaba, me vestí con cuidado, consciente de cada hecho, de la importancia de cada detalle, de los cordones de mis zapatos, del  jersey nuevo, de la colonia.., del desayuno para ella y para mí... a ella la limpié  con esmero con una esponja, cuidadosamente, la sequé con mimo, la cepillé, le corté las uñas y los mechones anudados. Le limpié su manta y le apliqué también un poco de colonia, la acaricié y la mimé como si fuera a un viaje. Su último viaje, en realidad. Al veterinario, el más corto y el más largo de su vida. Allí, en la consulta,  me quedé con ella mientras se dormía para no despertar, con la ayuda y el inmenso cariño de Araceli y Alicia, a las que guardo todo mi agradecimiento por el tacto y solicitud con que lo hicieron, hasta que noté cómo sus pequeñas patas se iban enfriando y eso sí que no lo pude soportar.
Sólo siento ahora la angustia de no haber estado con ella unos días más, de no haberla protegido un poco más, de no haberla envuelto en su manta naranja con más calor.
Se fue tan vulnerable, tan desconcertada, tan inconsciente de que en mis brazos se iba para no volver.

Espero que su pequeña alma viva ya conmigo para siempre.




-- 

1 comentario:

  1. Lo siento mucho Juan Pablo. Me ha gustado mucho tu relato de "Tinta". Un Abrazo.

    ResponderEliminar