viernes, 1 de abril de 2016

Diario del hombre menguante V: tutor de Pu Yi

Pu Yi de pequeñito
Hola, soy Scott, el hombre menguante, y vuelvo para contaros mis andanzas por la Ciudad Prohibida de Pekín. Voy a contaros cómo ocurrió lo que pronto se convirtió primero en un rumor y luego en un escándalo en la corte imperial de la dinastía Qing. A pesar de que todo el mundo cuchicheaba en Palacio sobre el nuevo amigo del emperador, no debéis hacer caso de los cotilleos de los eunucos y concubinas; tienen mucho tiempo para aburrirse. A pesar de mi tamaño diminuto, soy un testigo privilegiado y por eso no podéis poner en duda ni una sola de mis palabras.

Yo fui amigo del emperador Pu Yi, designado emperador muy niño y con un destino triste y turbio desde el principio hasta el final de sus días. Pu yi, ese niño solitario a pesar de estar rodeado de una corte de miles de eunucos (más de 20.000 llegaron a vivir en la Ciudad Prohibida en la época Ming), vigilado por dignatarios, cortesanas y concubinas, que pasó sus primeros años sin ni siquiera ver a otro niño, salvo su propio reflejo en un espejo, un niño que corrió y corrió por infinitos pasillos sin encontrar nunca ningún abrazo al final de los oscuros corredores, entonces desprovistos de luz eléctrica y envueltos en amenazantes sombras.

La Corte Interior, en la que Pu Yi pasó recluido los años
en la Ciudad Prohibida tras el Acuerdo del Tratamiento Favorable 
La responsable de que este niño fuese emperador, Ci Xi, la viuda del emperador Xian Feng, (que primero había sido concubina, luego no me diréis que China también, a su modo, no fue el país de las oportunidades antes que los Estados Unidos...) mantuvo su dominio sobre otras consortes, concubinas, eunucos, dignatarios, hijos y emperadores hasta su muerte en 1908, momento en que designó por fin heredero a Pu Yi, que era el hijo del príncipe Chun, todo ello tras unas oscuras maquinaciones en las que esta mujer cambió del odio más cerval a los extranjeros a la adulación más interesada. Razones de estado que tuvieron como consecuencia indirecta la llegada de Pu Yi al poder. Con una frase que resume el destino que el futuro emperador tendría en la vida, él mismo recuerda en su autobiografía:

«Dos días después de que entré al palacio, Ci Xi murió y el 2 de diciembre tuvo lugar la “Gran Ceremonia de Entronización”, una ceremonia que yo arruiné con mis llantos».

La vida de Ci Xi fue apasionante y la cuenta con detalle y admiración Jung Chang, en su biografía Cixi la emperatriz, libro que os recomiendo aunque tiene la importante carencia documental de no salir yo en él. Pero es que yo, como sabéis, soy muy pequeño (sí, aquello de la nube de radioactividad que me envolvió y fue haciéndome menguar hasta casi el infinito). La vida de Pu Yi, en cambio, fue una continuo rosario de contrariedades y tristezas, traiciones y mentiras, un perpetuo deambular en busca de una dignidad imperial más imaginaria que real y que nunca llegó a ostentar realmente más que como simulacro.

Pues bien, llevaba yo un tiempo pensando en la posibilidad de trasladarme a la Ciudad Prohibida para pedir la protección del emperador que, con sus infinitos poderes celestes, imaginaba yo capaz de conseguir recuperar un tamaño humano normal para mí. En la profunda África de la que venía nada se sabía de las turbulencias de la vida china en los primeros años del siglo XX, y yo todavía pensaba que si alguien podía hacer algo por mí en el mundo mundial, ése era el emperador de China, pues de todos era conocida la multitud de magos y adivinos y todo tipo de personajes que pululaban por su corte atentos a su más mínimo capricho.


Yo, que soñaba ser introducido en la corte con todo el boato necesario para reclamar mis muy dignos propósitos, me encontré a las puertas (cerradas a cal y canto) de la Ciudad Prohibida para enterarme de que la emperatriz viuda, a la que todo el mundo temía, había designado (ya en su lecho de muerte) a un niño de menos de tres años por heredero! Me vi sumido en la desolación. ¿A quién iba yo a presentarme? Actualmente ese niño era ya un adolescente, pero retraído y aislado como sólo un hijo del cielo puede estarlo.

Yo a las puertas de la Ciudad Prohibida
Desde luego no me iba a convertir en un eunuco sólo para entrar en la Ciudad. Los eunucos, durante los Qing, eran tratados brutalmente, incluso por Pu Yi, que les odiaba. Los veía como sus carceleros, además de como ladrones que constantemente conspiraban para robar todos los tesoros de la Ciudad Prohibida (como así ocurría en realidad) y para contar todos los chismes imaginables sobre su persona.

Me enteré de que en la corte se buscaba un preceptor para instruir al joven emperador en los usos y costumbres de los imperios extranjeros, particularmente el británico. Algunos pensaban, con bastante acierto, que conocer las costumbres del enemigo les permitiría en un futuro negociar con más ventaja en los numerosos conflictos internacionales en los que se hallaba inmersa China.

Retrato de Ci Xi regalado
al presidente Roosevelt
No me lo pensé dos veces y me presenté como posible tutor. El hecho de que mi aspecto fuera gris (aunque viaje en el tiempo por la diminutopías, nací en 1957 con las películas en blanco y negro y no, no recupero el color cada vez que salto de época de una diminutopía a otra) no les disgustó, pues ellos ya veían al mundo exterior como un lugar inhóspito y desprovisto de color alguno. El hecho de ser norteamericano también me favoreció, pues la emperatriz había tenido contacto con los EE.UU., admiraba la fuerza de ese país y lo veía como un posible aliado en sus disputas con las potencias coloniales europeas y asiáticas; incluso había enviado un retrato suyo al presidente Roosevelt como regalo por su cumpleaños.

El emperador
con Reginald Johnston 
Así que me convertí en tutor de su majestad mucho antes que Reginald Johnston, el estirado británico que fue el que pasó a la historia. ¿Y porqué yo no he sido reconocido y no salgo en la peli de Bertolucci? Porque descubrí un secreto del emperador que nunca se ha contado y causó enorme revuelo en la corte, circunstancia que provocó mi despido fulminante. Pero eso os lo contaré en un próximo capítulo de mi diario.

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