martes, 26 de abril de 2016

Diario del hombre menguante VI: el secreto de Pu Yi

La mitad del Palacio en el que Pu Yi
todavía era el Emperador de China

Aquí Scott de nuevo, contando mi estancia en la Ciudad Prohibida. Como os conté en mi anterior crónica, entré como tutor (gris) del joven emperador. Su majestad se mostraba muy curioso e incluso ansioso por conocer detalles del mundo más allá de los muros del Palacio. Para colmo, en virtud del Tratado del Tratamiento Favorable firmado en 1912 con la República que sustituyó al gobierno de la dinastía Qing, el emperador conservaba sus títulos y dignidad, pero quedó recluído a la mitad norte de la Ciudad Prohibida, la Corte Interior. O sea, que era dueño y señor sólo de la mitad del Palacio y de nada más cuando yo llegué a desempeñar mi labor.


Su Majestad el Emperador
Su Majestad el Emperador, como debía de llamarle (nunca por su nombre de pila), tenía apenas 14 años cuando nos conocimos. Fue un tiempo breve pero fructífero (salí por piernas de allí por el motivo que ahora os contaré). Durante esos meses pude conocer a un muchacho retraído y desconfiado, secuestrado literalmente en su propia casa, rodeado de eunucos e intrigas de la corte. Ví un pajarillo asustado que querría volar muy lejos, pero al que todo el peso de la Historia sepultaba entre los muros del Palacio.

Pues bien, tengo que decir que Su Majestad el Emperador mantenía una relación muy ambigua con los eunucos; por una parte les odiaba, y sabía perfectamente que murmuraban a sus espaldas cuando no estaban dedicados a robar objetos valiosos y venderlos clandestinamente. Pero, por otra parte, eran la única compañía para sus juegos de infancia... y los otros: los eróticos. De eso me di cuenta bien pronto cuando seguía sus cruces de miradas con algunos bellos eunucos que le rodeaban. Al principio sólo era una sospecha, pero al ver la complicidad que mantenía con uno de ellos, Wang Fengchi, mi duda se confirmó. Cuando les sorprendí dedicados a juegos amorosos en los Jardines de  Qianlong no puedo decir que fuera una sorpresa.


Yo junto al Emperador regando el jardín
en una clase al aire libre
Como he viajado mucho desde 1957, comprendo perfectamente que las personas poseen diversas orientaciones sexuales, por lo que el hecho en sí no me extrañó. Pero fui consciente inmediatamente de que aquello era una catástrofe para la continuidad de la dinastía Qing. Era un secreto que nunca debía saberse y, os lo juro, de mis labios no salió ni una palabra al respecto.

Pero los celos son devastadores, y en la corte había muchos eunucos que querían disfrutar del privilegio (y sustanciosos beneficios) de ser amantes del Hijo del Cielo. Las disputas eran constantes y los amantes despechados, legión. Yo veía cómo, día a día, la tensión crecía y cómo las damas de la corte vigilaban maliciosamente sus pasos.


Los jardines de Qianlong,
lugar de frecuentes citas clandestinas
Así que intenté aconsejarle al respecto, mostrarle que mi respeto no había disminuido un ápice por saber de sus escarceos amorosos (al fin y al cabo era un adolescente). Pero en ese momento estalló el escándalo. Uno de los eunucos rechazados, comenzó a propagar el rumor de que el emperador y yo éramos amantes, que era una costumbre más del Occidente bárbaro que yo le había inculcado y que mi única intención era acabar con la dinastía. Rápidamente el rumor llegó al jefe de los eunucos y a las damas de la corte y, sin poder siquiera despedirme, fui expulsado de la ciudad prohibida para no volver nunca. Lo que más siento es que, según supe más tarde, también Wang Fengchi desapareció (no sé si expulsado o, probablemente, algo peor). Los amantes fueron separados cruelmente y, si ya el emperador era taciturno, sin duda este episodio acrecentó aún más la soledad que anidaba en su corazón.
Wan Rung,
primera esposa de Pu Yi
Pobre Pu Yi, qué vida tan triste. Luego le obligaron a casarse y aparentar vida conyugal con cuatro mujeres. Como sabéis, no llegó a tener descendencia y la Antigua China y sus ancestrales costumbres (muchas de ellas terriblemente crueles, tengo que decirlo) acabaron también con él.
"Yo me casé con un total de cuatro esposas, o usando los términos empleados entonces: una emperatriz, una consorte secundaria y dos consortes menores. Pero de hecho, no eran esposas verdaderas y sólo estaban ahí de adorno".

Pu Yi

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