martes, 10 de mayo de 2016

El único laberinto posible

Maqueta (en proceso)
del laberinto del hotel Overlook
Como ya habéis visto por el diario del hombre menguante, ese personaje infeliz y errante que se pasea por mis maquetas no sé si por placer o desesperación, estoy terminando la maqueta del laberinto del hotel Overlook. Sí, el que aparece (y actúa como protagonista, se podría decir) en la película de Stanley Kubrick El resplandor (The shining, 1980). El pobre Scott ha despertado allí, y le esperan algunas sorpresas... desde el estreno de la cinta, creo sinceramente que no hay otro laberinto posible; es el laberinto por excelencia. Nunca podremos olvidar la huida del pequeño Danny con el enloquecido Jack Torrance tras sus pasos en la nieve, escuchando los gritos casi inhumanos del perseguidor...

Este laberinto es un icono incontestable del cine de terror y se ha hecho un hueco por méritos propios en nuestras pesadillas más queridas. Si bien en la novela original de Stephen King (en la que se basa la película) no había tal laberinto; aparecían en su lugar animales esculpidos a golpe de podadora, en una versión bastante menos amable de aquellos que realizaba el adorable Eduardo Manostijeras con sus habilidosas y cortantes manos. 

Jorge Luis Borges

Pero Stanley Kubrick, genial director donde los haya, sustituyó estos animales que en la novela cobraban vida por un ente más abstracto y temible: un laberinto. Una construcción, vegetal en este caso, que nos rodea y nos pierde, que nos invita a encontrar una salida que nunca aparece, una pesadilla en la que nos sumergimos voluntariamente, con la angustia y el arrepentimiento posterior, al perdernos una y otra vez en un jardín de senderos que se bifurcan.

Sí, Borges, el extraordinario escritor argentino, tampoco fue ajeno a los laberintos, y escribió varios poemas sobre ellos, como El laberinto, que aparece en su poemario Elogio de la sombra. Aquí podéis oir el poema de sus propios labios).

Laberinto de la
Catedral de Chartres
Personalmente, siempre me han atraído los laberintos. Quizá porque invitan al descubrimiento de algo que nunca aparece, nos urgen a llegar a un centro en el que nunca hay nada, salvo nosotros mismos como objeto verdadero de cualquier descubrimiento. Quizá porque retan a nuestro entendimiento al mismo tiempo que a nuestro instinto de supervivencia. Y además, innegablemente, son hermosos. Encontramos algo hipnótico en ellos, y no es extraño que hayan sido, desde los orígenes de la Historia, el símbolo de mensajes ocultos y hermandades misteriosas. Por ejemplo, el que se encuentra en el suelo de la Catedral de Chartres.

Hay y ha habido miles de laberintos por el mundo: cretenses, romanos, barrocos... son en sí mismos personajes mitológicos, creados desde los griegos para confusión del ser humano con el fin aparente de esconder algo valioso, ciudad o tesoro, pero en realidad sin otra ambición que el placer de verle perderse entre sus ángulos y rutas sin salida.

El laberinto que estoy construyendo no está deshabitado. Tampoco habitado, en el común sentido de la palabra. Digamos más bien que está ocupado. Pero de esas presencias que aparecen a la vuelta de cada esquina hablaremos en otro post; no me creeréis si os digo que yo sólo he construido la maqueta, y de repente estaban ahí. No sé de dónde vienen, aunque puedo sospecharlo. Voy a investigar un poco y os cuento.

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