viernes, 29 de julio de 2016

Diario del hombre menguante: mis vecinos del laberinto

He encontrado una salida. Sí, por fin he descubierto cómo salir de este intrincado laberinto. He sido un poco torpe, no sé cómo no me he dado cuenta antes... la salida no es espacial, sino temporal... pero me estoy adelantando, primero he de contaros cómo he llegado a esta conclusión.

Como os contaba en mi anterior comentario, este laberinto está poblado de fantasmas. Al principio te sorprende sólo la presencia de alguien en un jardín cerrado, sin salida, alguien que no ha dejado huellas, que no hace ruido ni siquiera al pisar esa grava del suelo que delata mis propios pasos. Pero luego, lo segundo que te sorprende, y te altera definitivamente, es la revelación de que ese alguien no existe. Existió, sí, pero lo que ves delante de ti no es real. Pero está ahí.

Lo tercero que te sorprende, y esto viene mucho después, es que te acostumbras a ellos. Les acabas echando en falta si no aparecen. Es más, ahora les tengo cariño, ya son mis compañeros de piso, por así decirlo. Su sola presencia, que antes me angustiaba, ahora me reconforta. Y es que así es el ser humano, uno puede encariñarse con su peor pesadilla.

Os voy a contar a quiénes me he encontrado por estos pasillos sin horizonte que se han vuelto mi hogar. En primar lugar, cómo no, las gemelas. Son hijas de Delbert Grady. Según me han contado, su padre era camarero en el hotel Overlook. Me parece que, por lo que pude saber cuando me acabé encontrando con él, era un personaje muy importante. De hecho era el portavoz del hotel. Y cuando digo hotel no me refiero sólo a un edificio o a un equipo directivo. Otra vez me adelanto, os lo cuento luego.

Las pobres gemelas no acabaron muy bien en vida, pero una vez muertas parece que se sienten bien. Se quieren mucho y andan siempre juntas cogidas de la mano. Componen una estampa muy familiar y entrañable ya para mí, las echaría mucho de menos si no se me apareciesen.

También está Lloyd. Es el barman más atento que uno pueda imaginarse. Discreto, elegante, con su chaqueta roja impoluta. Es ese amigo que siempre te escucha, que siempre parece comprenderte, que siempre tiene una palabra amable pero que nunca traspasa el umbral de la confianza para intentar influir en tus decisiones.

Luego hay una joven guapísima que, me da cierto apuro contarlo, anda por el laberinto totalmente desnuda. Es sensual y sus movimientos son lentos, estudiados, como si estuviera en una pasarela de alta costura. La primera vez me impactó tanto que me quedé hipnotizado mirando su cuerpo, su sonrisa, su sensualidad. No pude evitar acercarme, no era dueño de mis movimientos y ¡estaba tan necesitado de cariño!. Me aproximé con una suerte de afecto empapado en deseo. Ella seguía avanzando hacía mí, espectacular. Me rodeó con sus brazos mientras yo me quedaba inmóvil, incapaz de responder a su gesto. Cuando sus labios tocaron los míos, pareció como si activasen un interruptor que desató inmediatamente mi deseo más animal. Pero cuando abrí los ojos y la miré mejor... ¡descubrí una vieja de cuerpo putrefacto que empezó a reír a carcajadas! Todavía retumban en mi cabeza. Aún no me explico qué ocurrió, pero ahora comprendo que no todos los espíritus son tan amables como las cariñosas gemelas, y que pueden tener un sentido del humor muy, muy negro. A veces me la encuentro, tomándose un baño tranquilamente, pero yo la evito sigilosamente.

A través del laberinto, suena una música como de los años veinte. No siempre se oye con nitidez, depende del viento creo yo. Quizá la transporta el tiempo según los años vienen y van en nuestro recuerdo... no sé. Pero es evidente que alguien se lo está pasando en grande por alguna parte. También me he encontrado invitados a esa fiesta por doquier. Como la pareja del caballero y el cerdo. No, no es que un caballero se interesase emocionalmente por el animal de granja, es que otro caballero se había disfrazado de cerdo rosado y complaciente. A estos les pillé en una postura muy poco edificante, inconcebible en mi época, pero se ve que los veinte fueron años de bastante descontrol. También vi a una pareja besándose apasionadamente, no quise interrumpir.

Incluso un día me topé con un amable caballero, con la cabeza hendida por un hachazo, que me ofreció sonriente una copa de champagne. Me emocionó que tuviera ese detalle en mitad de tan desagradable incidente.

Existe un camarero, Grady, que sabe mucho más de lo que aparenta. Me lo encuentro a cada rato. Parece hablar en nombre de alguien poderoso, pues su corrección y estilo inalterable se torna levemente impositivo en ocasiones, como si en lugar de opiniones estuviera transmitiendo órdenes. Sin perder la sonrisa, habla de "alguien" interesado en que yo haga tal o tal cosa. Yo me hago el loco, porque no le entiendo muy bien, he de confesarlo. Para no contrariarle (miedo me da) le digo que sí a todo, que lo estudiaré detenidamente. De momento parece que funciona, pero no es un personaje con el que me guste encontrarme, como con el ambilísimo Lloyd. De sus hijas gemelas, ni una palabra, aunque me muero de curiosidad por preguntarle cómo es que a veces las veo hechas pedacitos, tan simpáticas que son.

La música sigue sonando, las risas, las conversaciones, el chocar de cristales, siempre al otro lado del seto. Parece que hay mucha luz por allí. Voy a intentar acercarme al centro del laberinto, seguro que Grady me lo indica amablemente..

viernes, 15 de julio de 2016

La little people de Murakami

La crisálida de aire.
Imagen del fan blog de Murakami.
Hoy os voy a hablar de una gente muy especial: La little people. Aparecen mágicamente en la novela de Haruki Murakami 1Q84. O lo que es lo mismo (porque suena igual en japonés), 1984. El título recuerda directamente a la obra homónima de George Orwell, otro mundo de pesadilla ambientado en lo que, cuando se escribió, era un futuro distante.

En la novela de Murakami, en lugar de Gran Hermano hay unos  seres diminutos conocidos como la little people que no tienen nada de amistosos… más bien son inquietantes, por no decir terroríficos. Su puesta en escena ya promete: salen de la boca de una cabra. Estos personajes, como tantos otros del escritor japonés, son los visitantes de una doble realidad, una gente que va y viene entre los mundos con bastante insistencia y desparpajo.

La little people.
Imagen del fan blog
de Murakami.
Se mencionan siempre así en la novela, la little people, con el "la" delante como si debiéramos conocerles de toda la vida, con una confianza que causa desde le principio cierto recelo… porque parece que lo pequeño debe ser siempre entrañable, digno de protección o juego. Pero, ¿y si lo diminuto te lleva al desconcierto total e incluso a la muerte?

En las novelas de Murakami siempre hay gatos, siempre hay sueños, siempre hay personajes misteriosos que nos desconciertan, siempre hay tramas cuidadosamente planificadas entre la realidad y la fantasía más onírica posible. Desde mi punto de vista, lo que hace sus novelas más atractivas es esa convivencia de mundos resuelta gracias a su minuciosidad; cuando nos habla tan exhaustivamente de cómo se prepara un té o lo que encuentra en la nevera para comer, cómo lo prepara, qué bebe… en realidad está creándonos un colchón en el que descansamos tranquilos, porque suena muy real y cotidiano, un espacio en el que todos nos acomodamos rápidamente… para sobresaltarnos cuatro párrafos más adelante con la irrupción de otros mundos y personajes a los que no podemos dar crédito.. pero ya estamos atrapados, es demasiado tarde.

La little people, aunque no se llegan a definir con precisión, pues basta su mención para ponernos nerviositos, parecen ser espíritus del bosque. El bosque donde habita una secta, más exactamente… En España, los únicos espíritus del bosque parecen ser los fantasmas de los desaparecidos, pero en Japón es otra cosa. Además de espíritus de personas fallecidas, cómo no, existen mil y una deidades de la naturaleza, como creen los seguidores de la religión sintoísta. La little people podrían ser estos espíritus, por ejemplo los llamados Kodamas, pero en versión tenebrosa. (De Kodamas ya hemos hablado en otros post, sobre todo de los maravillosos personajes de Hayao Miyazaki).

Las dos desconcertantes lunas
En la novela, estos espíritus tejen una crisálida de aire como haría un insecto para alumbrar un nuevo ser. Y esta "gente pequeña", en realidad controla el destino de la humanidad y no les gusta que nadie ande alterando sus planes, o sea que cuidadito con ellos… ojo con que esta gente haga una crisálida del aire delante tuya, porque dentro de ella lo que hay es… un doble de tí mismo! Como le pasa a la protagonista de la novela, Aomame. Y si encima un día descubres que hay dos lunas en el cielo… bienvenido, has caído en el mundo de Murakami sin redención posible.
Obra de Takeshi Murakami

Nadie como el escritor japonés para crear atmósferas desasosegantes contadas hasta el más mínimo (diminuto?) detalle. La little people, de la que no conocemos imágenes, se pasea por la novela con una capacidad para causarnos inquietud con su sola mención que ya quisieran otras criaturas de la literatura fantástica para sí, por muy amenazadoras que se pretendan.

Ojo: no confundir a Haruki Murakami con otro artista también japonés, Takashi Murakami, por más que éste tenga cuadros que parecen directamente inspirados en la little people...