jueves, 5 de mayo de 2016

Diario del hombre menguante VII: en el laberinto

Yo asomándome al laberinto del hotel Overlook
Los que seguís este blog ya sabéis de mi existencia. Efectivamente, soy Scott Carey, El increíble hombre menguante. Tras sufrir una radiación allá por 1957 que me hizo disminuir mi tamaño progresivamente, huí desconsolado al final de la película. Sin rumbo, sin esperanza. Voy contando mi odisea a partir de aquel momento, siempre en busca de una vida normal con un tamaño normal pero, inevitablemente, asomado al mundo diminuto en el que me encuentro, descubro un millón de cosas imperceptibles para las criaturas gigantes y otro millón más sencillamente terroríficas. Y aún doy las gracias por encontrar pequeños mundos en los que mi minúsculo cuerpo puede aspirar a llevar una existencia como el común de los mortales (por cierto... ¿seré inmortal?).

Estuve, como recordaréis, por el África diminuta en busca de la Reina de Saba, quien (me habían asegurado) tenía la capacidad de devolverme la visión en color (la peli, como sabéis, era en blanco y negro y desde entonces no consigo ver ni un maldito color más). Como todas las magas, resultó ilocalizable, a pesar de haberla buscado desde las ruinas del Gran Zimbabue hasta las montañas de Etiopía, recorriendo el continente y llegando incluso a encontrarme de camino con Tarzán y con Isak Dinesen (a la sazón, los dos únicos habitantes permitidos en esta Diminutopía africana, con el compromiso expreso de no volver a hacer ningún daño, jamás, a ningún animal).

Vengo ahora mismo de la Ciudad Púrpura Prohibida de Pekín, lugar donde se encontraba el Emperador del Centro, que todo debía saberlo, incluyendo el remedio a mi limitada visión cromática y mis minúsculas dimensiones. Pero ocurrió algo que llevó al traste mis aspiraciones...

Óscar Stanley,
fundador del hotel Stanley
El Hotel Overlook, antes hotel Stanley,
bajo una copiosa nevada
Volviendo a mi etapa africana, estando perdido cerca de las cataratas Victoria, totalmente desorientado, coincidí con el explorador Stanley Livingston quien, como sabemos, también se encontraba deambulando por la diminutopía africana siguiendo el curso del Río Zambeze (ver post El humo que truena en el río Zambeze). Una noche de calor sofocante y con una turba de mosquitos alejados por la mosquitera, Stanley me contó que, a la vuelta de sus expediciones por el mundo, se refugiaba para reponer energías en un hotel en Colorado, el Hotel Stanley, propiedad de un familiar cercano. Actualmente había cambiado de nombre y se llamaba hotel Overlook. Me recomendó una temporada de descanso allí antes de reanudar mi fatigoso viaje en busca de la normalidad.

Me enseñó unas fotos; el hotel en cuestión era una maravilla. De estilo Art Decó, inspirado en la artesanía de los nativos americanos, su imponente presencia destacaba entre las montañas por su afilada estructura. A sus puertas, un intrincado laberinto ofrecía una visión ordenada, espectacular (y algo inquietante) que contrastaba placenteramente con la lujuriosa y caótica vegetación africana que me rodeaba en aquel momento por todas partes.

Desde entonces no dejé de darle vueltas a la idea, pues por maravilloso que fuera el paisaje echaba de menos mi plácida vida en los Estados Unidos.

Tras África vino la Ciudad Prohibida, de la que fui expulsado sin contemplaciones, como ya os he contado. Perdido, sin esperanza, me dormí desconsolado a sus puertas esperando que al abrir los ojos la realidad se hubiera tornado más amable... ¡y desperté en Colorado!. Un dios particular debe moverme a su antojo de un lugar a otro.

Pero no me encontré en el hotel recomendado por el explorador. El famoso Hotel Stanley, luego denominado Overlook, había desaparecido. Frente a mí, mejor dicho a mi alrededor, lo que había era un laberinto. Tras recuperarme del sobresalto y cerrar los ojos reiteradas veces esperando que fuera sólo una pesadilla, empecé a aceptar que aquello era real.

Uno siempre espera ayuda humana cuando se ve solo y perdido, y eso es lo que busqué instintivamente. Pero pronto descubrí que, si bien allí había gente, no se podía decir que fuese exactamente humana. Quizá lo había sido, si, pero en otra vida.

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