jueves, 2 de junio de 2016

Diario del hombre menguante: Baile de fantasmas

Hola amigos y amigas. He de deciros que estoy muy intranquilo. Como ya os comenté, por alguna razón desconocida (imagino que inherente a mis circunstancias radiactivas) resulta que viajo por el tiempo y el espacio con desconcertante facilidad. Un día me duermo en la Ciudad Prohibida en China y otro me despierto en un laberinto de Colorado, USA. En fin, tendré que empezar a aceptarlo. El único problema es que sigo siendo diminuto, aunque parece que he dejado de menguar. Sí, el increíble hombre menguante va resultando ser un poco menos increíble...

Como os decía, desperté acurrucado sobre la fría grava que forma el suelo de un laberinto. De que era un laberinto me di cuenta rápido; es fácil, consiste en no encontrar nunca una salida y en que todos los espacios se parecen a los que acabas de dejar. Es como entrar una y otra vez en la misma habitación. Creedme, acaba uno volviéndose loco.

Así que decidí descansar un poco sobre un banco de piedra del único espacio que parecía identificable y que debía ser el centro mismo de este espacio de pesadilla. Había unos ocho bancos, todos iguales, y desde allí el recinto se abría a múltiples caminos que ya sabemos que tienen pocas diferencias entre sí. No encontré ninguna referencia que seguir, pues los pasillos son estrechos y los muros vegetales demasiado altos para ver nada del horizonte perdido.

Tras pararme a pensar un poco, me di cuenta de que mi única posibilidad, por remota que fuese, era vagabundear por el laberinto hasta encontrar una salida; podía llevarme dias o semanas, en cuyo caso podría terminar definitivamente mis días de vagabundeo entre esa floresta cuadriculada. Así que me puse en marcha, armado únicamente con mi desesperación.

Y ahora llega lo bueno: no estoy solo aquí.

Tras horas y horas dando vueltas y más vueltas para llegar al mismo sitio (u otro idéntico, para el caso es lo mismo), repentinamente me encontré con algo extraño en uno de las estrechos corredores. Fijé la vista, pues era ya un poco tarde y la luz comenzaba a disminuir. Había algo al final del corredor. Me acerqué con cautela, parecían dos sombras y.. sí, no cabía duda, eran dos niñas cogidas de la mano. No creo que estuviesen asustadas, pero algo las había detenido allí, y parecían estar esperando algo. Eran gemelas, y llevaban idénticos vestidos azules, un poco anticuados para mi gusto. Tenían algo que hizo que la intranquilidad creciese en mí en cuestión de segundos, y me detuve en seco. Súbitamente hablaron.. ven a jugar con nosotras, dijeron. Y antes de comprender cabalmente el absurdo de la petición, en su lugar aparecieron, por una fracción de segundo, sus cuerpos desmembrados en un gran charco de sangre. Fue tan espeluznante, que salí huyendo con el corazón en la boca, buscando una salida y aterrorizado por verlas de nuevo a la vuelta de cualquier esquina.

Escribo ahora un poco más tranquilo desde el rincón del laberinto donde me refugio pero todavía tengo la piel de gallina, esas niñas no se van de mi cabeza. ¿Habrá otras presencias en este laberinto que, empiezo a comprender, no es de este mundo?

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